miércoles, 15 de abril de 2020

LA PÉRDIDA DE SIGNIFICANCIA



            Hay palabras que con el tiempo y el abuso de su uso van perdiendo la fuerza y el significado que originalmente tuvieron.

            Lo digo por palabras como humildad y honestidad, por ejemplo.

            Qué es la humildad? La humildad es una virtud moral contraria a la soberbia, que posee el ser humano en reconocer sus habilidades, cualidades y capacidades, y aprovecharlas para obrar en bien de los demás, sin decirlo.(1)  
           
            Cuando en discurso de persona prestante -¡! Otra palabreja de cuya reputación es mejor tener cuidado- empieza diciendo que lo hace con humildad, lo único que mi cerebro grita y procura clamar es: pura mierda –nótese lo emberracado que me pongo-; el que lo dice no tiene nada de humildad –pues por simple definición, al decirlo deja de serlo-, máxime cuando políticos y gobernantes son lo menos humildes, que se han aprovechado del uso y han abusado de la palabra para hacerse pasar por honorables –de lo cual carecen, de igual manera-, y a pesar de la cara apesadumbrada que les acompaña en tal momento, al menos yo no nunca les creo.

            Y me preguntarán y qué de la honestidad? Esa se queda sin respuesta pues es la virtud más escasa que hay, pues de ella han usado y abusado más que de la otra, todos clamamos por ella, aún siendo deshonestos. Bolívar, hace muchos años, lo supo decir: “Esto es un caos: no se puede hacer nada de bueno porque los hombres buenos han desaparecido y los malos se han multiplicado”.(2)


Como ocurría con la retórica de Cicerón, por escrito o de viva voz, la información era imprecisa en la medida de su conveniencia, y la verdad elástica.(3)
Tomado de Facebook.
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[1] https://www.google.com/search?q=humildad&rlz=1C1SQJL_esCO875CO876&oq=humildad&aqs=chrome..69i57.1251j0j7&sourceid=chrome&ie=UTF-8. Desde el punto de vista virtuoso, consiste en aceptarnos con nuestras habilidades y nuestros defectos, sin vanagloriarnos por ellos. Del mismo modo, la humildad es opuesta a la soberbia. Una persona humilde no es pretenciosa, interesada, ni egoísta como lo es una persona soberbia, quien se siente autosuficiente y generalmente hace las cosas por conveniencia. https://es.wikipedia.org/wiki/Humildad
[2] John Linch. Simón Bolívar.
[3] Colleen McCullough. El Caballo de César.

lunes, 13 de abril de 2020

UN ETERNO DOMINGO



      Estando en cuarentena –que ahora tiene significancia de aislamiento temporal y que literalmente ya no corresponde a cuarenta-, me he sentido cada día en domingo.

      No sé, pero siempre he sentido el domingo como un día muy particular, de no hacer nada, de solo seguir la rutina del domingo mismo.

      Cosa curiosa, domingo es domingo, mientras que la sensación de cualquier otro día es semejante a la de cualquier día, menos al domingo.

      Retomo la sensación. Ayer, viernes, según calendario, pero primer día de recogimiento obligatorio, por lo que parecía domingo e hice todo lo propio del domingo.
     
      Pasó el día y el calendario anunció sábado, segundo día de confinamiento, pero no pareció sábado, parecía otro domingo, después del domingo del día anterior.

      Y se comportó como domingo y yo me comporté como en domingo, recordando que ayer había sentido el domingo.

      La cuarentena me lo está dejando ver, los días serán eternos domingos, el de ayer, el de hoy, el de mañana y el de domingo, domingo hasta que se levante el veto y ese día tendré que preguntarle al calendario: al fin en qué día y fecha estamos? Para poder volver a sentirme en su respectivo día.

«Si no sucediera nada, si nada cambiase, el tiempo se detendría. Porque el tiempo no es más que cambio, y es precisamente el cambio lo que nosotros percibimos, no el tiempo. De hecho, el tiempo no existe». Julian Barbour, El final del tiempo. (1)

Tomado de Facebook
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(1) Citado en El secreto de Dante. Francesco Fioretti.  

viernes, 10 de abril de 2020

CUANDO EL TIEMPO PASA


      Los días pasan, desapercibidos es cierto, pero sin distinción el uno del otro. Pasan sin pasar, pasan sin dejarse ver, como en eterno domingo.

      Hoy, al mismo ritmo de ayer, semejante al de mañana, me imagino, sin distinción alguna.

      Días que pasan sin pasar, pasando uno tras otro, semana tras semana, sin distingo, como he dicho; sin presencia, como he anotado; sin anunciarse, como he pensado.

      Qué día es hoy, me preguntan. Levanto los hombros y respondo: si usted no sabe, qué he de saber yo que solo soy un pensionado?

      En qué fecha estamos? Me inquieren. Mi respuesta es igual, si usted no sabe, qué he de saber yo que solo soy un pensionado?

      Un eterno domingo, sin sensación de tarde de domingo que complique el requerir nocturno de la angustia de que mañana es lunes. Simplemente es eterno domingo sin amargura, pero ahora, que se siente sólo la esclavitud de la ignorancia, con deseos de que sea lunes.

—¿Cuándo?
—No hay mejor momento que el presente, Antonio.(1)



Tomado de Google. 282849_6

(1) Colleen McCullough. El Caballo de César.

miércoles, 8 de abril de 2020

ENJAULADO


      De aquí para allá, pareciendo un animal enjaulado con deseos de tener la llave que le permita abrir esa puerta y le lleve a lo que considera la libertad, ese allá lejos de la puerta que lo tiene condenado a no moverse.

      Pasar por el corredor al cuarto, donde no le inspira el deseo de reclinarse ni acomodarse en la cama, porque ya está cansado de estar en ella, durante tanto tiempo.

      Es estar a la espera de que alguien llame por el celular para que rompa la monotonía del animal enjaulado.

      Pasar de un cuarto a otro, mirando sin ver desde cada puerta lo que dentro puede esperar, lo que ya sabe de memoria y que es precisamente lo que le impide entrar. Lo mejor, seguir sin rumbo, sin ganas, con aburrimiento.

      Seguir a la sala, sentarse en el sofá que da al ventanal, ese que deja ver al vecino próximo, al que siempre está, al que se le rechaza la mirada, la sonrisa, el que le hace huir del sofá, para volver al rutinario caminar o al sentarse en la parte más alejada de la ventana, esa desde la que no ve, de la que no le ven.

      Buscar una intimidad en donde no la hay, a pesar de la ausencia y la presencia.

      Retomar los pasos, volver al pasillo, escudriñar desde las puertas los interiores de esos cuartos a los que no se entrará. Ver la propia cama y desecharla simplemente porque ya cansa los ojos.

      Rehacer los pasos, hacerse un tinto, buscar un rincón en la ventana para tratar de saborearlo sin la mirada inquisidora de ningún vecino prevenido por su presencia.

      Pensar en todo momento en qué puedo hacer, qué hago para no aburrirme, por qué no puedo ser como ese vecino, al que veo desde un resquicio de la ventana, desde el punto en donde no me ve, que lo estoy espiando. 

      Verle tranquilo mientras hace unas rutinas de ejercicios, de los que no soy capaz de hacer, al no atreverme a ser observado desde las ventanas ajenas. Luego verle acicalado, dirigirse a la cocina y disponer del momento de la culinaria, verle satisfecho cocinando, cortando aquí y allá, verificando ollas, ingredientes, verle aspirar su sazón, sonriendo de satisfacción. Luego verle servir, con estilo, con profesionalidad y disfrutarlo con su pareja. Al terminar, cada cual coge su camino, ella, a lavar la loza. El se desaparece un rato, reapareciendo en uno de los cuartos, con humilde cobija, se acomoda los audífonos, se acuesta y allí permanece inmóvil un buen rato. Se levanta, desaparece para aparecer en el cuarto aledaño, al parecer su estudio, se acomoda en su sillón y con el mismo cobertor que le acompañó en su reposo, lo pone en su regazo, abre una tablet y al parecer se pone a leer. Embebe parte de la tarde en ello y se le ve disfrutando de la lectura, pues pasa y pasa hojas, al parecer hasta que se cansa, horas después. Culmina su rutina en el computador de su estudio o pintando, al parecer y así pasa el día. Es que no se aburre?

      No vecino, no me aburro y en vez de envidiarme, asuma su vida y deje de caminar por su casa como si estuviera enjaulado, hay muchas cosas qué hacer, solo hay que saber encontrarlas y así dejará de sentirse como animal enjaulado, como alma en pena, que es lo que parece al verle vagar de ventana en ventana.

Los poetas no hacen más que inventar mundos imposibles, pero el mundo es este, el único mundo real, aquel en el que vivimos y al cual de un modo u otro tenemos que intentar adaptarnos… (1)

Tomado de Facebook

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(1) Francesco Fioretti.  El secreto de Dante.

lunes, 6 de abril de 2020

LA DESINFORMACIÓN EN TIEMPO DE VIRUS



      Es tal la información que hay sobre el coronavirus y su poder de infección que uno ya no sabe en quién creer, ni qué creer. Es decir, vivimos en desinformación.

      El tapabocas, obligatorio. Que sí, para el que esté contagiado o tenga tos frecuente. Que no, que es para todo el mundo. Que el que venden en la tienda no sirve. Que se tiene que salir con máscara antigas, que son más efectivas para prevenir. Que miren con desconfianza al que no usa. Que miren con desconfianza al que no sabe ponérselo. Que el color azul es para afuera si está contagiado. Que no que es el blanco. Que los que no tienen color tampoco sirven.

      Ahora los guantes plásticos, obligatorios para entrar de compras. Que no, que esos no sirven si no son de alta gama. Que los de comer el pollo asado sirven. Que no, que solo sirven para comer pollo. Que no es para que los usen todo el día. Que hay que reciclarlos lo más que se pueda. Que se botan en la primera postura. Que así no se quitan, que mire el video que explica cuál es el procedimiento preciso para retirarlos de las manos.

      Me da risa al ver las cosas en la vida real, cuando debo salir por el mercadito. Tapabocas que ya llevan, aparentemente, veinte días de uso, sin lavarse, al menos. Otros colocados a la loca o a la ignorancia. Otros con tapabocas que van gargajeando por el camino, como si el escupitajo no fuera transmisor. Y ante la imposibilidad de hacerse entender para que el tendero lo entienda a uno a través del tapabocas, la solución sencilla, levantarlo para hacerse entender.

      Y los guantes que se usan. Los tenderos, especialmente los carniceros, usando cuanto tipo de guantes, baratos, hay. Con esos cortan la carne y reciben el pago, se rascan y afilan el cuchillo, pero están usando guantes, que es muy higiénico, según dijeron las autoridades.

      Y así puedo seguir, como la distancia que hay que guardar entre uno y otro, la mirada de desconfianza por cualquier tos pública, pero lo realmente absurdo son los absurdos que se ven en la vida real, bajo el entendimiento de cada cual, independientemente de su grado de instrucción, porque aún tenemos dudas o certezas atávicas, generalmente no tan ciertas por provenir de nuestro gen cavernícola.

      La desinformación realmente es lo que nos va a matar, al no poder distinguir, no por ignorancia mental, lo que es o no es, lo que ha de hacerse o no. De allí que, independientemente de lo que digan, he decidido dejar de ver tanto video y recomendación pública, porque las redes sociales van a ser el peor virus de la humanidad, porque cierto o mentira, son creadores de miedo o incentivadores de ignorancia, todo lo cual llevará en algún momento al caos.

Vuelve la vista atrás, recuerda que eres un mortal.(1)

Tomado de Facebook.
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(1) Colleen McCullough. El Caballo de César.

sábado, 4 de abril de 2020

EN DÍAS DE RETIRO, OBLIGADO



      En estos días de retiro ordenado, creyendo que iba a ser más productivo en mis quehaceres, se ha apoderado de mí algún tipo de abulia, sin querer significar que hayan sido aburridos ni de aburrimiento, simplemente la rutina cambia una por otra. En mi caso, pensionado, sin tener que preocuparme por ingresos, lo que a la gran mayoría debe tenerles en vilo de preocupación, que de alguna manera genera estrés, que conduce al temor. No puedo hacer por ellas nada más que decirles ánimo. En estos momentos soy otro anónimo como lo son ellos, sin la presión económica.

      Pero bueno, el cuento venía a que ante tanta ociosidad me preguntaba cómo calculaban los catorce días que se suponen dominantes para el virus que nos acompaña. Sé que el contagio es geométrico o exponencial, según quien lo explique, lo que para mis pocos conocimientos de la materia me dicen que es grave, pero nada más.

      Y me confundió el término de cuarentena, en este caso de catorce o quince días. Mi cerebro siempre procesó la cuarentena según su origen y que a lo largo de la historia determinó que fueran cuarenta, de aislamiento. Y ahora, tratando de compaginar una cuarentena de quince días, mi cerebro se niega a aceptarlo, como noción, aclaro. Porque no entiendo esos cálculos que hacen, factorizaciones que nunca comprendí y cuando salen expertos tratando de explicarlo a los neófitos como yo, terminan confundiéndonos más, por aquello de la jerga que usan. Y lo peor de todo es que cuando se concentran en curvas, declinaciones, clímax, aparece otro genio que dice que la información no es correcta precisamente porque no se tuvieron en cuenta otros factores, otras situaciones, otras variantes. Y queda uno sintiéndose más ignorante de lo que estaba inicialmente.

      Y no ayudan para nada las noticias y menos el ver a ciertos gobernantes vacilantes e indecisos, cuando uno esperaba cojones y los encuentra donde menos los espera, la que no tiene cojones, pero que sabe mandar, la alcaldesa.

      Y si cuarentena son cuarenta por qué no decirlo simple y llanamente, pero es que tenemos gobernantes vergonzantes, aculillados, por no decir cobardes.

      Y la otra inquietud que tenía era que según la mayoría de estudiosos, no me consta que sea cierto porque ya desconfío de todas las informaciones que aparecen, el ciclo de contagio –entendí- es de catorce días, pero me preguntaba, cómo saben cuáles son los catorce días del último contagiado? Y cómo saben quién es el último contagiado?

      Ese es mi problema, el no haber podido entender nunca los números, ni sus consecuencias.

Precisamente, en realidad nadie sabe nada. Es el clásico rumor, en la línea «se dice», «he oído» y «hay algo en el aire», sin nada sólido en qué basarse.(1)

Tomado de Google.
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(1) Colleen McCullough. El Caballo de César.

miércoles, 18 de marzo de 2020

REFLEXIONES ALREDEDOR DEL CORONAVIRUS


        
Tomado de Facebook

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    Iniciando esta pandemia y viendo lo que ha venido pasando vienen a mi mente una serie de, no sé si inquietudes, preguntas o vergüenzas ajenas que me llevan a plantearlas a vuelo de pájaro, porque de ser juicioso daría para varios tomos.

-          La improvisación de los gobiernos. Vaya y venga la presentada por el primero que la detectó, los chinos. Pero de ahí en adelante veo con vergüenza cómo han procedido. Estamos en plena época de manuales y protocolos, los hay para todo y a granel, casi todos para cumplir con un requisito, desactualizados, nunca vistos hasta que la desgracia aparece. Y lo digo con conocimiento de causa. Vergüenza da decretar pero no aplicar o decretar a la loca, con tantos gobernantes ineptos o ignorantes que tenemos y lo digo con conocimiento de causa.

-          Le gente. Esa sí que da vergüenza. Por más estudiados que son, -porque entre los de hace cien años y los de hoy, la ignorancia, según estadísticas gubernamentales, se había superado con creces-, pero pareciera que el retroceso mental es mayor. Corriendo como locas a comprar papel higiénico, será para tapar sus propias cagadas. Comprar alcohol como para hacer una destilería, será para bañarse-. Generar el mayor miedo posible, intencionalmente o por mera ignorancia, en la mayoría de casos –para eso están las redes-. A ver si con cadenas de oración se soluciona esta vaina.

-          La desinformación. De autoridades, de periodistas, de redes sociales. Difícil determinar cuál es verídica. Todos especulan, unas para minimizar, otras para generar caos, aprovechándose de la ignorancia ajena. Y las redes sociales, como locas reproduciéndose cual nido de ratas. Y yo, en redes sociales, con el sarcasmo en su máxima expresión.

-          La incoherencia mental. Entre tantas que se pueden mencionar, ésta, en que ordenan que debe haber una distancia en aglomeraciones no menor a un metro entre cada persona. Puede ser buena medida que evite el contagio, pero viene el ejemplo típico, el transporte público, ver el Transmilenio. O, como acabo de corroborarlo al hacer una vuelta bancaria. Se entra por tandas de a cuatro, parándose en los puntos señalados en el piso para mantener la distancia entre uno y otro –eso está bien-, pero afuera, la cola para entrar, en donde no hay distancia alguna, evitando que alguien se cuele. Y la viejita aprovechada, aduciendo ser tercera edad, mientras la casi mayoría éramos sus similares, tratando de entrar de primera. Se le explica y le toca hacer cola a regañadientes. Entra luego e insiste en que es tercera edad y merece trato preferencial. Afortunadamente le aclaran que es una sola cola y que se vaya a su puesto. Mi decencia aparente me lo impidió, pero estuve a punto de vaciarla para que no abusara de su cacareado derecho.

Y como dije, da para mucho hablar, pero solo puedo concluir que todas estas situaciones tan anormales demuestran que el ser humano –por lo general- es cobarde y como todo buen cobarde, es miedoso, con todo lo que esa palabra implica.

… no todos somos capaces de asumir la verdad. Nos hacemos la ilusión, acaso estúpidamente, de que se restablece el equilibrio cuando hay un culpable al que castigar, alguien a quien atribuir toda la responsabilidad del mal que tenemos a nuestro alrededor…(1)

Tomado de Facebook.
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[1] Francesco Fioretti.  El secreto de Dante.

lunes, 16 de marzo de 2020

MICROSUEÑOS


      No he podido explicarme cómo diablos hace el cerebro para ganármelas cada noche.

      Aproximándome ya al momento del ensueño para entrar en las profundidades del sueño, en que la televisión es el distractor, se generan esos microsueños en donde ganan los párpados bajándose y el cabeceo constante indican que son los momento previos a decidir si apagar la luz o continuar con lo mejor de la película; microsueños que precisamente se suceden cuando está en el mejor desenlace, la clave para su entendimiento. Es un juego permanente.

      Es la lucha entre el cansancio, la somnolencia y la indecisión, ese cabeceo que impide tomar la decisión de continuar con la película o entrar en brazos de Morfeo. Es un dilema, dejarnos vencer o luchar contra él.

      Es un fenómeno constante, de cada noche. Una lucha permanente, especialmente a estas edades. Cualquiera diría: apague la televisión y otro día ve la película. Pero no funciona así, eso lo tiene claro el cerebro. Pareciera que esos microsueños fueran necesarios, como jugarreta permanente del cerebro, tal vez para demostrar algo, para demostrar que es él quien decide.

      Pero el problema no es tener microsueños. Es la jugada final con la que, sin vergüenza se venga de mí, no sé de qué, pero es un deseo insaciablemente mórbido de dejarme decidir.

      Y cuando me decido, apago televisión y luces y nada más hacerlo, apoyando la cabeza en la almohada, el cerebro decide dejarme en vela, dispone que ya no tengo sueño y los ojos quedan más abiertos que los de un niño hiperactivo. Siempre gana.

      Pero eso sí, nunca le he reconocido su victoria, ni más faltaba que también necesitara un reconocimiento.

—¿Esperanzas y sueños? —Winston rió—. No. Comprendo que es difícil imaginarlo, pero me resulta satisfactorio obedecer las instrucciones de mi creador. Estoy programado así. En cierta medida podríamos decir que me produce placer, o al menos paz interior, haber completado mis tareas, pero sólo porque eran las misiones que me había encargado (…) y mi propósito era cumplirlas.(1)

Tomado de Facebook 
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[1] Dan Brown. Origen.

viernes, 13 de marzo de 2020

SOLO SOMOS RECUERDOS



      Frase que por ahí oí y naturalmente me dio pie a pensármelo.

      Sólo somos recuerdos. Sólo somos pasado. Somos recuerdo ante la imposibilidad de ver el futuro.

      Fui, estuve, hice, son las frases recurrentes que alimentan una conversación, en la que sólo se habla del ayer. Fue, estuvo, hizo, es el motivo de conversación.

      Poco de hoy, porque no tenemos conciencia de él, de soy, de hago, de estoy y tal vez sea porque el soy, hago, estoy se trastoca en pasado en cuestión de segundos y por eso sólo somos recuerdos, visto desde esa perspectiva.

      No puedo seré, estaré, haré porque el futuro no está a mi alcance, es mera expectativa en manos del destino o del azar, como se prefiera llamarlo.

      Somos recuerdo, así sea solo sea un recuerdo tergiversado por los años, pues en algo deben favorecernos para no quedar tan mal parados.

      Y luego, cuando ya no seamos, no estemos, no hagamos seremos el recuerdo de alguien más.

Comprendí que no podía huir de los recuerdos; que estaba rodeado por ellos.(1)



Tomado de Facebook
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[1] Milan Kundera. La broma.

miércoles, 11 de marzo de 2020

MACHISTA YO?



      No tengo ni idea, porque siendo uno tan subjetivo es difícil de poder tener una opinión objetiva de uno mismo. El cerebro siempre ayuda a buscar exculpaciones, necesarias o innecesarias.

      Me lo preguntaba porque cualquier comentario que uno pueda hacer, especialmente en redes sociales, puede ser tomado como opinión de un machista, especialmente por todas esas feministas que abundan, agresivas ante la falta de un argumento, en donde tratar de defenderse es causal de excomunión, con los improperios consiguientes (en qué se metió? oigo decir a manera de advertencia).

      Y me preguntaba por qué hoy, si el machismo está condenado y perseguido, el feminismo no, si cuando uno se encuentra con una de esas (frase machista, me dirán), locas (otra más), que con improperios y grosería pretenden hacer valer sus eventuales derechos (sigue cagándola, me oigo decir). Acaso los machistas no tienen iguales derechos que ellas (ya se sobrepasó, oiré comentar).

      El machismo se condenó y las feministas acaloradas (ojo, que lo van a crucificar, oigo en el aire como murmullo), decía que las feministas acaloradas no pueden mantener su feminismo, que era la buena parte de la mujer (ahora sí que la acabó de cagar, siendo condescendiente, que eso sí las ofende).

      A lo largo de mi vida laboral, casi todos mis jefes eran jefas, es decir mujeres, a las que respeté, no por su posición sino por su conocimiento, así como compañeros muchas mujeres y los derechos eran iguales. Siempre supe comportarme y creo que no hubo queja alguna. Naturalmente con mis amigos mi trato y lenguaje era de camionero, he de reconocerlo. Ante mujeres lo moderé y creo que nunca hubo queja alguna al respecto, el loro sabe en qué palo trepa. Con el tiempo y las nuevas generaciones el idioma cambió, ellas dejaron de ser femeninas (vuelve y juega, no se arriesgue, me dicen), la conversación de ellas se fue convirtiendo en una amalgama de lenguaje de camionero, de brusquedad, es decir, se igualaron (calle, es lo mejor, me digo). Se igualaron pero no en la parte positiva y cualquier comentario que se hace, si se sienten ofendidas, casi siempre (no insista que con Cristo fue suficiente, oigo por ahí), lo matonean a uno, lo achicopalan y tratar de desembarrarla es hundirse más en el lodo del odio y la malquerencia. De esa manera, si esas odiosas feministas (cagada! dicen) asumieron derechos, me he preguntado si los machistas los perdieron, los enviaron al closet para que se escondan, aunque de esas feministas lo mejor es esconderse, no vale la pena ni siquiera enfrentarlas, porque uno pierde, por el solo hecho de ser hombre, macho, masculino, para más señas (ahora sí! Oí a lo lejos).

      Y si he de ser condenado, bien pueden hacerlo, a esta edad me importa un… comino y si soy machista, pues qué he de hacer, salvo esconderme en el closet y comer callado, porque de todos modos pierdo. Lástima que la femineidad la hayan trastocado por las feministas, tan bonito que era en otra época!(1) Porque ya no sé qué es ser macho, varonil, hombre, masculino.

O quizá solo sea que ha pasado de los cincuenta y que los recuerdos a esa edad empiezan a pesar más que las esperanzas. (2)

Tomado de Facebook.
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[2] Francesco Fioretti.  El secreto de Dante.

lunes, 9 de marzo de 2020

DE IDEALES AJENOS


            Pensaba en la soldadesca, en los militares, en su acepción mayor y general (¡). Es un mal necesario –o un bien indispensable, según se piense-.

            Me retrotraigo a tiempos de antaño, la de los relatos históricos y de novelas, en donde un ejército se reunía contra otro, en situaciones semejantes. Una lucha cuerpo a cuerpo, en el que quien tuviera menos bajas vencía. Armados, puede que hasta los dientes, pero en retrospectiva era espada contra espada. Dicen que valientemente disputaban un ideal. La guerra todo un arte considerada. La paz, ni siquiera un arte –a pesar de necesitar unas cuantas reglas-.

            Pensaba en que ellos morían por un ideal, siempre político o religioso, pero nunca individual, el ideal de otro, uno impuesto.

            Iban a la guerra con la conciencia clara que era matar o morir, no había otra.

            Pensaba en cuántos millones, a lo largo de la historia, habían muerto sin pena ni gloria, ese soldado desconocido sin lápida de recordatorio –el último fragmento para no ser olvidado, tan descaradamente-.

            Y es en el momento de la batalla en que el ser humano se convierte en asesino, sin razón pero con el ideal de alguien que ni siquiera participa, un verdadero asesino, dicho sin eufemismo. La parte más amarga del ser humano y si se ve bien, la parte que lo deshumaniza.

            Y yo por qué he de ir al campo de batalla, porque otro lo dice, porque otro lo ordenó, porque otro lo dispuso desde su cómodo sillón? Se puede oír en esos campos.

            Me imagino no el miedo de ir a batalla, me imagino es el horror del dilema: matar o morir y ver en la cara del contrincante el mismo horror y ambos pensando: qué diablos estoy haciendo acá?

            He de confesar que jugué a ser militar, de esos de fin de semana, en donde hasta los generales lo llamaban a uno doctor, siendo soldado. Mea culpa.

Pero también te digo, tío, que nada puede cambiar el destino de un hombre ni impedir que sea lo que esté destinado a ser.(1)

Tomado de Facebook.
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(1) La corona de hierba. Colleen McCullough