viernes, 18 de diciembre de 2020

TIENES UN PROBLEMA

             Así titula un artículo Adolfo Zableh[1], al hablar sobre los fanáticos provida, pero que a la larga se aplica a todos los fanáticos que defienden una causa (generalmente sin profundidad ni conocimiento sino por el defender por defender, sea religiosa, política, social o de lo que se les ocurra y hasta puede predicarse del fanático que pelea contra el fanatismo).

             En efecto, se tiene un problema y es mental, contagioso y sin razón. Se sigue la causa o a la persona que lo impulsa porque sí, porque les gustó la retórica, porque simplemente llevan la contraria.

             Y es allí donde se cierran a la banda, donde no permiten ninguna opinión que les sea contraria o que insinúe otros caminos. Y eso pasa porque a la larga no les importa la vida, lo que les importa es tener el control, imponer sus reglas y que nada ni nadie se salga de ellas, solo eso puede darles paz mental. Ven que alguien vive o ama diferente, y se vuelven locos y toman el hecho como una ofensa personal. Lo vital no es que los demás florezcan y progresen, sino que sus estándares no los incomoden, porque para ellos la idea de cuidar a la gente no es educarla, darle las herramientas para que sea autosuficiente y asistirla solo en casos en los cuales necesite ayuda, sino meterse en todo lo que hace y darle lecciones sobre cómo debe asumir su existencia. Señala el articulista.

             Y, encima, hablan por todos, declarando olímpicamente que Colombia es así, porque para generalizar sí que somos buenos, es argumento que se usa precisamente para no sentirnos solos y no solo los fanáticos, también nosotros los demás, porque no hay mejor argumento que hablar de todos, sin serlo; es el mismo argumento que esgrimimos cuando no tenemos argumento y señalamos que así lo dice un estudio de Harvard, porque es la que mueve el mundo, con su verdad (vaya a saber uno realmente cuándo la tiene, pero el argumento convence).

             El fanatismo, en cualquier vertiente en realidad es gasolina pura si se sabe manejar.

 

… ansioso por enfrascarse en un libro que no contuviera ni un ápice de sentimentalismo —sólo auténtica miseria humana—.[2]

 

 


Tomado de Google

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[1] https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/adolfo-zableh-duran/tienes-un-problema-adolfo-zableh-duran-542560. Todas las citas son de este artículo.

[2] Donna Leon. La palabra se hizo carne.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

MI VIDA DEBERÍA SER DIFERENTE?

              Leyendo a Adolfo Zableh[1], él formulaba la pregunta que me hago en forma afirmativa (es decir, no formulaba un interrogante sino que afirmaba, debo aclarar), lo que da a una misma frase, diferente significación y todo por una simple interrogación. En mi caso, un interrogante que siempre me ha acompañado, el eterno que hubiera pasado si…

 

            Naturalmente la pregunta se va desvaneciendo con el paso de los años, cuando éstos se van desgastando, cuando es la edad la que va avanzando, inexorable, fatídica. Y va perdiendo sustancia, tal vez ante la certeza de que ya no es posible dar vuelta a la hoja o precisamente porque la hoja dio vuelta, sin darnos cuenta, sin tenernos en cuenta.

 

            Aunque la pregunta también puede tener dos significantes contrarios, el del ayer o el del mañana (el de hoy no, porque estamos acostumbrados a que las decisiones difíciles se dejan para mañana, al estar apoltronados evadiendo el tema, unos lo llaman procrastinar, otros pereza).

 

            Es así como el del ayer, mi vida debió ser diferente, ya no tiene vuelta de hoja, porque lo que ya pasó es lo que soy hoy, bien o mal, aunque en mi caso más bien que mal, me ha traído hasta acá próximo a convertirme en mayor adulto (o viejo si lo prefieren para mayor precisión, así contradiga el eterno dicho de mi mamá, de que la juventud se lleva en el alma o, para otros, que vieja es la cédula).

 

            Y la otra, mi vida debería ser diferente, con dejo de suficiencia, de anhelo del mañana, es otra cosa. Si ayer no fui capaz de cambiar mi vida, ahora, diría cualquiera, con qué ganas? La edad, es cierto, lleva a cambios de estilo de vida, cuando la despreocupación del pensionado se centra en hacer pequeños cambios de vida, para mejorarla, si es posible. Pero con todo, el cerebro, esa loca de la casa hace su tarea y desvía con mayor razón las decisiones, las evita o las reformula con su pesimismo habitual. Como decía el articulista mencionado: Mi cerebro es una cosa retorcida que lo único que hace es perjudicarme, como si en vez de mi motor fuera mi freno. Y tal vez por ello Me la he pasado sentado a la espera de que las cosas pasen solas.

 

 

Ya sea por la puerta grande o por la de salida de emergencia, mi vida se acerca a su fin y no hago nada por mejorarla, cada momento de ella es una oportunidad perdida.[2]

De Google

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[1] Adolfo Zableh Durán. Por un pollo asado. https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/adolfo-zableh-duran/por-un-pollo-asado-columna-de-adolfo-zableh-duran-545007

[2] Las citas son del mismo articulista citado inicialmente.

lunes, 14 de diciembre de 2020

NO HAY DERECHO

             A pesar de la evolución de los tiempos y con ellos la del derecho, parece que vamos en sentido contrario, como si la idea fuera llegar a la era de bárbaras naciones, en que se impone el que tenga el mayor garrote o el más tramposo, a eso se reduce la justicia actual y así mismo el derecho.

             Hubo una época, no de muy lejana recordación en que las decisiones se cumplían, a pesar de todo; hubo un tiempo en que los recursos eran claros, por aquello del derecho al pataleo. Pero agotadas todas las instancias, bien o mal, el que perdía, perdía y el que ganaba refregaba la sentencia al perdedor. Pero era claro y se cumplía.

             Hoy. Hoy ya no le encuentro razón de ser a todo este despelote, a pesar de que al evaluar riesgos, hay uno que es riesgo país que va acompasado con el riesgo jurídico. Es decir, tener la certeza de que lo que se pactaba se cumplía –pacta sunt servanda, según se decía o, en otras palabras, lo pactado se cumplía o, en términos menos académicos, la palabra valía-. Hoy, lo pactado, firmado, sellado y con bendición apostólica está sujeto a toda interpretación, mala interpretación y hasta mico encerrado, a pesar de que se piense que quedó suficientemente claro para que impida la leguleyada de último momento.

             Existía el recurso de pataleo o de reposición –aunque es cierto que desde tiempos inmemoriales se sabía que quien decidía en tal instancia no revocaba su propia decisión, al no querer reconocer su propio error-. Seguía el de apelación que buscaba que el de arriba –no Dios, que también se equivoca-, sino el superior, al que se le hacía notar en pocas palabras las burradas del inferior, si las había-. Luego se inventaron otros recursos –que decían que eran pero que no eran propiamente recursos, cosa que nunca entendí- pero que tenían los mismos fines. Ya con eso y agotado todo trámite quedaba resuelto el asunto –sin desconocer naturalmente que en todos los tiempos la justicia no es tan ciega como lo dicen-.

             Hoy, al nacer la tutela, se duplicaron y hasta triplicaron los recursos por esa vía –lo que no tiene sentido, salvo burradas judiciales evidentes-, con lo cual se abrió la puerta a demandar porque sí, porque no; a contrademandar; a no acatar la sentencia porque no me conviene o solo por joder al vecino que me demandó. Y así hasta la eternidad.

             Y para completar ese tétrico panorama, se inventaron las instancias internacionales, abiertas para cuando no se ha ganado por ningún lado en el territorio patrio, o porque los jueces no los quieren, o cuando se sienten perseguidos por cualquier fantasma de odio –como el caso de Petro-, o simplemente para demostrar que en el país no hay justicia –lo cual es hasta cierto punto cierto, por la podredumbre que hay que deslizar para obtener lo que es de uno. Me recuerda a Ulpiano que definió en palabras sencillas lo que debería ser el derecho: dar a cada cual lo que es suyo. Así de simple es, era y será si no se hubiera corrompido, con el paso de los siglos, el que administra justicia.

             Y todo lo anterior me vino a cuento por un artículo de El Tiempo[1] que tuvo esa curiosidad en algunos asuntos puntuales y por encima mencionó nueve organismos internacionales, sin contar ONG y otros asuntos que, en virtud de tratados, parece que podríamos quintuplicar o centuplicar el panorama, lo que le permitió concluir Total, nos la pasamos siendo estudiados, evaluados, examinados, medidos, en una palabra, vigilados, por entidades internacionales de toda raigambre, equilibrados los menos, e ideologizados y hasta sesgados los más.

             Para no alargar el cuento, el derecho va involucionando, en vez de ir perfeccionándose, sin aprender de los juristas griegos y romanos –hablando de hace más de dos mil años- ni de los grandes pensadores del derecho que se dieron en los dos últimos siglos, para concluir que hoy, la palabra no vale nada y que cualquier definición del derecho es solo eso, como juramento de bandera, escrita pero sin valor, porque el valor agregado está dado por los jueces –hoy operadores judiciales (estupideces que se inventan)- que no son precisamente los más honorables, por abogados especializados y hasta doctorados en leguleyadas, gente viva contra el pobre hombre que puede tener el derecho pero que se ve vencido por el sistema.

             Por eso no confío en la justicia, prefiero perder de antemano que morir en el intento de demostrar cualquiera de mis derechos.

             He dicho! 

Ya sabe que a la gente no le gusta relacionarse con nosotros.

Hizo una pausa con la mirada perdida detrás del commissario, como si observase algo escrito en la pared.

—Bueno, no sólo con nosotros; con el Estado en general —continuó ella con vacilación, como si necesitase decirlo en voz alta para comprenderlo—. Se ha incumplido el contrato entre nosotros y el Estado, se ha roto. Pero nadie quiere anunciarlo públicamente. Sabemos que no continúa vigente, y ellos saben que nosotros lo sabemos. Pero no les importa lo que queramos, no les interesa lo que nos pase ni lo que queramos. —Entonces lo miró, se encogió de hombros y sonrió—. Y no podemos hacer nada[2].

Tomado de Google 

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[1] María Isabel Rueda. Vigilados! https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/maria-isabel-rueda/vigilados-columna-de-maria-isabel-rueda-554475

[2] Donna Leon. La tentación del perdón.

viernes, 11 de diciembre de 2020

EN DÓNDE QUEDARON LOS DOMINGOS

             En un domingo me asaltó la pregunta. En dónde está el domingo ahora que estamos en pandemia?

 

            Porque el domingo era domingo, no se necesitaba saber que era domingo, porque ese día tenía su personalidad propia. Era domingo, simplemente lo era y todos lo sabían, hasta la naturaleza expresaba que era ese día especial, siempre de descanso, sin importar que fuera soleado o amaneciera grisoso. Era tal vez el único día que tenía personalidad propia y única. Y hasta se celebraba con las mejores pintas. Eran otras épocas.

 

            En el aire se respiraba el domingo. El de antaño. Poco importaba que fuera el de la niñez, el de la juventud, el de la adultez o el de hoy, de la mayor adultez. Siempre tuvo su personalidad, una muy particular, difícil de definir, de describir, solo se sentía y su presencia no requería que le recordaran que era domingo.

 

            Y a pesar de la personalidad del viernes, del lunes o del sábado, el domingo tenía su propia personalidad que, de alguna manera, abrazaba el espíritu y cobijaba el ser de todo aquél que le rodeaba y que le recordaba. Ese día se hacían cosas que solo se hacían en domingo, por eso tenía su propia personalidad. Aunque al ir terminando el domingo la magia de domingo se iba evaporando, al ir desvaneciéndose entraba la angustia del lunes, otro día particular pero que se confundía con el martes o el miércoles, o cualquier otro. Por eso el domingo era tan especial. Tenía hasta su vestuario propio, el propio de domingo.

 

            Pero hoy, con el encierro de pandemia, el domingo fue perdiendo su personalidad, se fue evaporando para quedar solo en el recuerdo y se convirtió en uno más de la semana, al pasar los días y los días de pandemia, donde ya no se distinguen los días, pues todos ellos van pareciéndose a los demás, como cualquier día de la semana, en medio de la indiferencia, pueden ser todos lunes, miércoles y ahora, domingos, y ya el domingo no sabe a domingo, se despersonalizó y el encanto se esfumó.

 

            El viejo domingo solo quedó en el recuerdo. Será que en el futuro vuelva a adquirir su personalidad?

 

Las personas continuaban siendo las mismas, pero empezaban a desaparecer.[1]

Tomado de Google
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[1] Donna Leon. En el nombre del hijo.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

PÓLVORA

             Un ejemplo más de lo que es tener tantas leyes que prohíben pero que no se cumplen. Naturalmente no las cumplen los irresponsables, los que se sienten superiores a las leyes, lo que es lamentable. Pero lo que es más lamentable es que ni la policía ni el resto de autoridades tampoco la hacen cumplir, a pesar de la evidencia de que se está irrespetando la ley (a pesar de la sordera natural de la policía y de la autoridad). Siendo así, para qué carajos hicieron de la prohibición de la pólvora una ley? Y después todos ellos se quejan de los quemados, sabiendo que para evitarlos bastaba con hacer cumplir la ley, darles un escarmiento y santo remedio. Simplemente aplicar la ley.

 

            Entonces sigo preguntándome, para qué carajos la ley si no es para cumplirla y hacerla cumplir? En el inicio de las fiestas decembrinas –en la noche del 7 de diciembre- hubo pólvora como si fuera el juicio final o el 31 de diciembre y fue hasta altas horas de la noche.

 

            Pero sordos ante la prohibición, de los tarados que la usan y sordos los policías (porque solo tienen oídos cuando les conviene o cuando los gritan). Qué más se puede esperar de este país de leyes?

 

            Si yo hubiera sido litigante de los malos que piensan que ante todo está defender(se) al estilo de Abelardito, de Granados o Lombanas (o más malo de lo que mis pensamientos pueden), se me ocurrió que estando dentro de la ley uno puede defenderse en caso de que la queja moleste a la policía. Se me ocurrió que en noche de pólvora, todos aquellos que mandan cadenitas de bendiciones, saturaran las redes de la policía, de la alcaldía, llamaran al unísono a los teléfonos de urgencias denunciando la pólvora, una y otra vez, hasta que al menos se agotaran de recibir tanta llamada, para ellos molestia. Por experiencia tales llamadas no hacen efecto y la policía termina amenazándolo a uno, pero no pueden, porque uno obra como buen ciudadano, que al conocer una ilicitud la denuncia y eso es ser buen ciudadano y ellos, como buena autoridad que deberían ser, deberían atender el llamado y evitar la pólvora. (Aunque sé que en este país todo es posible o imposible, según se vea).

 

            Como ven, mi mala leche sale automáticamente (me digo que afortunadamente no fui abogado litigante, porque de haberlo sido estaría a la altura de los citados o un poco más allá, porque basta con que se me vuele y soy más malo que Caín). Y como los citados, me ocultaré en el derecho de los buenos ciudadanos, preocupados por que se cumplan las leyes (¡?).

 

            Solo si la policía cumpliera con su deber (que es mucho pedir en estos tiempos) y clavara unos cuantos (a los que me gustaría ver quemados), ofrecieran recompensa (que por la plata baila el perro), otro gallo cantaría pero supongo que estaríamos en el Edén y eso es mucho pedir (para la policía de este país).

 

            Fue un simple sueño que tuve (y supongo que por la incitación propuesta no me pueden clavar por soñar, o sí?). Pero nadie sabe la tortura que sufren los animales cuando están sometidos a ese estrés.

—Que los inocentes estén protegidos. Eso es lo que las leyes deben hacer.[1]

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[1] Donna Leon. La tentación del perdón.

(2) Tomada de https://www.elespectador.com/noticias/actualidad/las-mascotas-tambien-son-victimas-de-la-polvora/?fbclid=IwAR3bLazR5DhxbLlU4sbyRCG6d1t9nYJD3IjMAbAdzwBwC_G3fZXbFR7Jv30

sábado, 5 de diciembre de 2020

INFLUENCER

             Antes que nada y de empezar a despotricar, me pareció interesante conocer su definición. No hay una que con precisión determine su significado. Sin embargo transcribo algunas que encontré en el doctor Google: Un influencer es una persona que, de algún modo, ha logrado destacar en los canales digitales, especialmente en las redes sociales, como Facebook o Instagram, así como en plataformas de vídeo como YouTube. O Un influencer es una persona que cuenta con cierta credibilidad sobre un tema concreto, y por su presencia e influencia en redes sociales puede llegar a convertirse en un prescriptor interesante para una marca.

             Deduzco entonces que se trata de una persona que publica mucho en redes sociales, al que le dan un determinado grado de credibilidad que está marcada simplemente por los likes que otras personas semejantes le dan a todo lo que publica. Generalmente es una mano de vagos que no tienen nada qué hacer, salvo mostrarse cómo se acuestan, cómo duermen, como se bañan, cómo viven una rutina diaria. En las mujeres, si muestran o insinúan bastante las tetas, las hace mejor influencers, más seguidas solo por eso. Nada más. Es decir, simplemente muestran su vana vida, su propia miseria que, en razón a una serie de vagos seguidores le realzan el ego y se sienten útiles en este mundo, sin saber que su propia banalidad es deprimente.

             Igualmente hay un grupo de ignorantes que gustan de despotricar, de todo y contra todo, sin conocimiento alguno, sin preocuparse de averiguar sobre lo que hablan. Está la tontarrona esa que por mero gusto se fue a destruir una estación de Trasmilenio. Son destructores por naturaleza, la maldad humana en una persona es reflejada. Y están todos aquellos que se esconden en la pantalla, incapaces de hacerse sentir, cobardes por naturaleza, que con sus likes –que demuestran su incapacidad a actuar por ellos mismos- elevan el ego del influencer para que siga con su propia destrucción, está claro.

             Influenciadores, pero de la banalidad, de la mediocridad, de lo que ellos mismos son, seguidos por una mano de su misma especie, qué más se puede esperar?

             Como diría mi mamá, las cosas malas sí se las aprende, no? (eso me va definiendo).

             Luego de esta diatriba[1], veo que el mundo avanza, a pasos agigantados, hoy ya no hay imposibles como podría pensarse hace cincuenta años, pero como seres humanos, con valores que puedan enaltecer nos vamos atrasando cada vez más, estamos entrando en el mundo que va a ser manejado, manipulado, vilipendiado por ignorantes que terminan creyéndose guiadores de la humanidad, iluminados de un nuevo mundo, del que no quiero pensar cómo terminará. Mientras tengan seguidores tan o más estúpidos que el mismo influenciador, no sé a dónde vamos a llegar. 

Si suficientes personas deciden creer que algo es lo que otras personas dicen que es, entonces para ellos se convierte en eso.[2]

Tomado de Facebook
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[1] Para quien se lo pregunte: Una diatriba es un escrito violento, a veces injurioso, dirigido contra personas o grupos sociales. Originalmente, en su acepción griega, es el nombre dado a un breve discurso ético, concretamente del tipo de los que componían los filósofos cínicos y estoicos. Wikipedia

[2] Donna Leon. Las joyas del paraíso.

lunes, 30 de noviembre de 2020

MANIPULACIÓN DEL LENGUAJE

             Me encontré dentro de mis lecturas este artículo, tema sobre el cual había venido pensando escribir, pero que no había concretado, al no haber madurado suficientemente la idea. Donna Leon[1] fue la respuesta a él, por lo que lo transcribo en su integridad:


Hace varias semanas, vi en un diario en lengua inglesa un titular que decía que un grupo de Estados Unidos quería suprimir del diccionario la palabra nigger, peyorativo de «negro». No, me equivoco; no decía eso: querían suprimir del diccionario la «palabra n…». Bien, ya hace mucho tiempo que ando por ahí como para que me pillen de nuevas los desvaríos de Norteamérica y los norteamericanos, pero confieso que hasta una vieja cínica como yo, testigo de tanta tropelía lingüística, alucinaba. El texto de la noticia contenía el consabido mensaje: los afroamericanos, ofendidos por la connotación racista de la palabra, querían que fuera suprimida del diccionario.

Norteamérica es una sociedad profundamente racista y, si bien los afroamericanos encabezan la lista de sus antipatías, no hay que olvidar que en ella figuran también hispanos, judíos, orientales, polacos, italianos, indios y hasta es posible que montenegrinos. ¿Y qué más?, pensé. ¿Habrá que borrar del diccionario todas las palabras que, de un modo u otro, denigran a una minoría, para no ofender al lector ocasional? ¿Habrá que reescribir la historia del lenguaje, para no herir una sensibilidad política de nuevo cuño? ¿Hay que proteger a la persona que busca «chino» del contagio del contiguo chink, que se aplica despectivamente a los orientales? ¿Y el que quiera averiguar el valor de la guinea, otrora fuerte unidad monetaria británica, tendrá que quedarse en ayunas por ser éste un epíteto peyorativo que se usa contra los italianos?
Yo soy mujer, y todos los diccionarios de la lengua inglesa están bien surtidos de palabras que expresan desdén, repugnancia y agresividad hacia las personas de mi sexo. Pero nunca se me ocurriría pensar que borrando del diccionario esas palabras van a suprimirse los prejuicios que su existencia revela. Pero, cuidado, estamos hablando de Norteamérica, la tierra de las apariencias, de la fachada, y es posible que los postulantes de la idea crean que la desaparición de la palabra nos traerá la igualdad racial y hasta quizá a nuestro primer presidente negro.

No es ésta la primera señal de la propensión de la mentalidad norteamericana al autoengaño. Casi todos los mendigos que hace unos años llenaban las calles del centro de Manhattan han desaparecido. Por lo menos, del centro. Las causas sociales de la pobreza no han variado ni se ha hecho nada para que varíen —si acaso, han empeorado—, pero como la manifestación visible de estos problemas se ha retirado del corazón de la ciudad que gobierna Norteamérica, lo inmediato es pensar que se ha conseguido la justicia social y económica. ¿Está cerca el Rey Filósofo de Platón?

«Tu madre es una nigger asquerosa». «Quien pronuncie la palabra nigger merece que la lengua le caiga de la boca». Si eliminamos la palabra del lenguaje, si la borramos del diccionario, resulta imposible distinguir entre las dos frases anteriores, y la condena del uso de tan repugnante epíteto es francamente grotesca. Prueben: «Quien pronuncie la palabra n… merece que le caiga la lengua de la boca». No; no me entusiasma. Lo que es peor, esta cosmética manipulación del lenguaje permite a las personas considerarse virtuosas sólo porque no dicen determinada palabra; estoy segura de que millones acogerían con entusiasmo la posibilidad de engañarse a sí mismos pensando que no son racistas sencillamente porque se han borrado del diccionario los epítetos racistas.

Durante los ocho meses y diecisiete días que tuve la desgracia de trabajar en el más repugnante de los lugares, Arabia Saudí, solía leer los maltratados jirones de la prensa occidental, de la que hordas de censores armados de rotulador habían suprimido afanosamente toda palabra o imagen contaminante. En las páginas de deportes de The Guardian, las piernas de los futbolistas aparecían pintadas de negro. La cara de la señora Thatcher estaba oculta tras un velo de tinta negra, y todas las palabras ofensivas, especialmente las relacionadas con las cosas semíticas, eran eliminadas sumariamente.
Un día vi este anuncio: «Beba un vaso de orangeXXXXXXX con el desayuno». En lugar de la misteriosa palabra ofensiva había un pequeño rectángulo negro. Intrigada, traté de adivinar cuál sería el líquido del que se protegía a mis ojos. «¿Orange vodka?». ¿Con el desayuno? «¿Orange whisky?». ¿Con los cereales?
Y entonces se me encendió la bombilla. «Orange juice». ¿Lo captan? Juice. Pronuncien la palabra y presten atención a cómo suena en inglés. ¿No se parece un poco a jews, judíos? Pues sí, señor.

Vale, vale, los saudíes son unos cerdos y unos tarugos, pero la intención no difiere mucho de la de quienes pretenden eliminar los prejuicios raciales suprimiendo la palabra nigger. Israel sigue ahí, por muchas veces que tachen juice del periódico, y los norteamericanos van a seguir detestando a los negros tanto si la palabra está en el diccionario como si no.

             En efecto, ante tanta pluralidad, sin sentido (me digo para bien adentro) el lenguaje se perderá con el tiempo, para no herir susceptibilidades, de las que sabemos, conocemos y aceptamos sin chistar, pero que callamos por físico miedo a que nos tilden de cualquier cosa. Sigo insistiendo, el negro es negro, el gordo es gordo y el feo es feo, por más que se quiera minimizar con aquello del negrito ese, ese que es gordito o bien, ese que no es bien parecido. Simples eufemismos para evitar enfrentarnos a las realidades de este mundo, en que todos somos iguales, sin serlo, porque todos somos diferentes, unos de otros, en genio y figura como escribiera el clásico español.

             Por qué sacrificar entonces el idioma, para darle gusto a unos cuantos idiotas que se ofenden por lo que realmente son? 

Por consiguiente, no hay nada en la vida que pueda considerarse estable. Una persona debería ser vista como un proceso, no como una entidad invariable[2].

Tomado de Facebook
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[1] Sobre los libros. El artículo tiene el mismo título que contiene este blog, al parecerme el adecuado.

[2] Karen Armstrong. Buda. Una biografía.

viernes, 27 de noviembre de 2020

UN MINUTO DE SILENCIO

             Siempre he odiado los minutos de silencio decretados. Es lo más incómodo y abusivo que me puede ocurrir y si se quiere hasta denigrante para mí y para el homenajeado, creo yo.

 

            Es un minuto eterno, en que todos hacen su silencio (hipócrita por demás), en que nadie se mira a la cara, todos cabizbajos, caras entristecidas (como si realmente lo sintieran) y todos pendientes de que termine lo más pronto posible, para continuar con lo que venga a continuación (que no es otra cosa que recordar que se está vivo, al menos así debería ser). Siempre he pensado que es el momento perfecto para definir la hipocresía social. Y peor cuando ese minuto está destinado a recordar a los muertos de la batalla de Waterloo o a los masacrados hace cincuenta años, como si de algo sirviera.

 

            En esos minutos decretados mi cabeza empieza con la cuenta regresiva que finalice ese tormento de hipocresía (insisto, al menos para mí). Miro la cara de los demás y veo cómo rehúyen de cualquier mirada, se esconden mirando los zapatos, mirándose las manos, las uñas, al ser incapaces de largarse (naturalmente siempre que he podido huyo de esas invitaciones, pero algunas eran obligatorias, para mi desgracia). Y quien invitó a ese minuto lo único que hace es estar pendiente del avance del minuto consagrado; en cuanto tenga reloj está pendiente solo de ver cómo avanzan esos eternos sesenta segundos y de no tenerlo, estará contando de uno a sesenta, pero en ningún caso acongojado, como ninguno otro lo está, que es el objeto del homenaje (o eso creo).

 

            A qué viene el cuento? Que en noticias veo cómo se decretó ese minuto por la muerte de Maradona (Dios nos libre! Aunque no sé si el minuto logre que su alma se desvíe del infierno, si lo hay). Y las colas y desmanes por la muerte de ese cristiano (Dios nos libre!). Gente llorando, como si hubiera muerto el papá. Hasta dónde hemos llegado, en dónde está la lógica, la razón, el sentido común, me pregunto con angustia.

 

            Porque quién  era Maradona. Un jugador al que le sonó la flauta y a punta de pata ganó mucha plata. Eso fue lo que hizo, eso habrá que reconocérsele. Pero como ser humano? Como persona? Simplemente un hamponcete, un drogadicto, un mal hombre, una mala persona. No miento, los hechos lo dicen, las noticias lo comprueban. A ese era al que lloran, al que van a rendirle tributo, una persona a la que sinceramente no se le merece tributo alguno, pues no fue ejemplo de nada, salvo de darle pata al balón y al que se le atravesara en el camino. Pero así somos. Por eso para tributos y minutos de silencio para ese cristiano, simplemente no cuenten conmigo. Y no menciono los desmanes, la intolerancia y la falta demascarillas en que abundó el entierro (después llorarán por el contagio. Que así sea, me digo pícaramente)

 

Yo llevaba una semana oyendo, viendo y leyendo cómo un planeta se convulsionaba por la desdichada muerte de una mujer[1] a la que, durante los quince años en los que la prensa me había presentado los distintos capítulos de su vida, yo no había encontrado ni mínimamente interesante. Por supuesto, lamentaba su muerte, pobrecita, como lamento la de cualquier persona decente e inocente. Quizá yo sea una desalmada, pero no concebía por qué la muerte de aquella mujer en particular había de tener hondo significado para mí, por lo que, sin molestarme en disimular la irritación, levanté las manos y espeté:

—Ya basta de toda esa historia. No quiero saber nada más —y volví a mi asiento. [2]


Tomado de Google
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[1] Refiriéndose a Lady Di.

[2] Sobre los libros. Donna Leon.