viernes, 3 de febrero de 2023

¿QUÉ ES UNA ETERNIDAD?

                Una eternidad es la espera infructuosa de algo. Es estar en una sala de recibo esperando a que le contraten o que, estando trabajando, le reciban para un llamado de atención. Es estar en una esquina esperando ansioso la llegada de una cita. Es una larga vida esperando que llegue la muerte. Es esperar viendo como se apaga la vida de alguien querido, sin que ello llegue. Es en fin tan solo un momento y nos parece una eternidad.

 

                Pensaba en las estrellas cuya luz llega, según cuentan los que saben, millones de años después de haber sido lanzada. Pero aún ellas, en su propia eternidad, tienen un fin. Todo tiene un fin, literal y figuradamente, al no ser nada eterno.

 

                Pero aún así, la eternidad existe, sea diabólica o celestial, según nos han infundido. Será un eterno ahora, sin pasado ni futuro? Per Omnia secula seculorum, enseña la madre iglesia, para determinar la duración o la no duración de Dios.

 

                Y con todo, me sigo preguntando qué será la eternidad, si no tenemos noción alguna de ella?

 

No vale la pena preocuparse por eso en este instante. Lo mejor es simplemente disfrutar de este momento de paz, dejarlo que dure lo que tiene que durar, sean segundos, o minutos. Lo que pase luego, pasará luego, no ahora. Así que mejor dejar los pensamientos sobre el futuro para cuando el futuro sea presente. El resto es ansiedad.[1]

Tomado de Facebook
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[1] El silencio de Lucía. Raúl Garbantes.

miércoles, 1 de febrero de 2023

¿QUÉ ES SER MACHISTA HOY?

                Me asaltó la duda. A mi edad que me llamen machista ya no me escandaliza, me da igual, puedo serlo, talvez, puede que no, a quién le importa?

 

                Ser machista es no poderle gritar a una mujer: Vieja hijueputa, cuando lo están atacando sin razón? Eso es defensa personal, porque ya uno no puede revirar contra ese tipo de féminas y el insulto solo puede quedar de pensamiento, pues de palabra o de obra, el jodido termina siendo uno. Aparte de que la mujer se igualó al hombre, no por lo bueno, sino por lo malo, como tanto lo he pregonado, ya son tan vulgares como uno, de pensamiento, palabra y obra.

 

                Y entonces me sigo preguntando, soy machista? Ya no se puede ceder el puesto a una mujer, porque se le tildará de machista; tampoco se le puede ayudar con las bolsas que cargue, porque le dirán abusivo; menos, darle la mano para que bajen del bus. Se sentirán abusadas, inferiores y de esa manera se ofenderán. Pero eso sí, no se ofenden cuando en su diario hablar se tratan de perras, de culiprontas porque son unas igualadas, la feminidad se perdió y la caballerosidad hoy es tildada de machismo, ¿cómo cambian las cosas, no?

 

                Pues me seguiré preguntando qué es ser machista y creo que nadie podrá sacarme de la duda, como no me sacará de la duda esa moda de que toda muerte de una mujer es feminicidio mientras que la de un hombre es un güevón que se murió, cuando cualquier muerte de un ser humano en tales condiciones debería ser objeto de preocupación.

 

                Pero estamos en los tiempos modernos. ¿Quién me lo puede explicar?

 

—Cuida tu lenguaje, Hawkins —dijo el agente que caminaba al lado de Lydia—. Hay una dama entre nosotros.
A Lydia la hizo sonreír esa suerte de machismo inconsciente y bienintencionado. Se preguntó si guardarían los mismos reparos verbales en presencia de las mujeres policías, o a ellas ya las considerarían iguales a sus colegas hombres por el mero hecho de estar uniformadas.[1]

Tomado de Facebook
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lunes, 30 de enero de 2023

DEL PASADO AL HOY. DEL DISKETTE A LOS TERAS.

                Hablaré de un pasado no muy remoto, mediados los noventa cuando la tecnología arrasó con el conocimiento cotidiano y nos hizo aprender con un cambio brusco como fue la aparición popular de los computadores, pero hablaré de la evolución de los medios para guardar la información -dispositivos de almacenamiento, leo que se llaman con mayor precisión-.

 

                Sin embargo, la defunción -o mejor el nacimiento y defunción- de esos medios ha sido brutal y cosa de pocos años.

 

                Recuerdo haber conocido computadores que guardaban directamente en el aparato la información, no sé si el recuerdo sea o no cierto, es solo una sensación de viejo que trata de recordar. No recuerdo cuánto se podía guardar dentro del computador.

 

                Y entonces apareció el disco flexible (Su primera denominación fue disco flexible (floppy disk), y tenía 8 pulgadas de diámetro (unos 20 centímetros). Me enseña el doctor Google, ya que no me fio de mi memoria). Era el disco de 8 y su capacidad límite leo que era de hasta de un mega y estamos hablando de los años noventa -aclaro que pudo haber sido antes pero a Colombia llegaron para popularizarse para esas épocas, mis años mozos-. Para uno, en esos discos cabía un montón, porque uno no tenía todavía noción de lo que era un montononón. Y uno se llenaba de esos discos, los cuidaba y acariciaba con la niña de sus ojos, no se fueran a partir y a perder lo que contenían -basura, dirá uno hoy-.

 

                Y hacia finales de los noventa (repito que hablo de Colombia) el flexible pasó a ser rígido, lo que implicaba una reducción también del tamaño: el disquete de tres y medio, que llamábamos (Sony desarrolla el disquete de 3.5 pulgadas el cual presentaba 2 novedades principales: cabía en el bolsillo de la camisa y era más robusto. Me vuelve a ayudar Google). Cabía en el bolsillo y tenía mayor capacidad. En sus inicios se compraban por unidad, por cuestiones de costos de la época y se custodiaba ese disquete, como la niña de los ojos. Luego se volvieron más asequibles y se compraban por cajas naturalmente no para guardar precisamente grandes tesoros, salvo los juegos y programas, que esos sí eran verdaderos tesoros. Y se llenó uno de disquetes de tres y media. Pero con el tiempo también fueron muriendo y los mató el CD (de un solo guardado o el que se podía regrabar) y al poquito tiempo también las USB y ya entramos al nuevo milenio.

 

Ya todos saben de la evolución del tamaño de guardado que podía hacerse en ellos, en todo caso superando a sus antecesores, para ver que de unos megas ahora se pueden guardar hasta teras y lo más escandaloso, para uno de viejo, hasta se puede guardar en la nube, de acuerdo con el idioma actual que no es una nube sino en algún lugar del planeta, así como los Mb de que se hablaba en los flexibles y disquetes que, según me entero por el sabio doctor Google, no era megas sino kilobytes, vaya a saber uno a qué se debe esa distorsión.

 

Eso me lleva a pensar que en la modernidad actual, las cosas nacen y mueren con mayor facilidad que las de antaño, al menos el teléfono se transformó en celular, pero aún persiste en su lucha, a pesar de los años.

 

Suceda lo que suceda, no olvides nunca esto: nuestra existencia se agota en pocos días. Pasa como el viento del desierto. Así, mientras te quede un soplo de vida, habrá dos días por los que nunca tendrás que preocuparte: el día que no ha llegado y el día que ha pasado ya… [1]

Tomado de Facebook



[1] Avicena. Gilbert Sinoué.

viernes, 27 de enero de 2023

DEL PASADO AL HOY. LA CANECA DE LA BASURA.

                O si se quiere más especificidad, del recipiente hogareño que recibe las basuras de todo tipo.

 

                Pensando en mi niñez, recuerdo que de las primeras canecas que conocí eran todas de metal, color gris, tapa incluida. Cuando fui medianamente más grande, luego de los ocho o diez años, ascendí a ser el encargado de sacarla (dicho así, encargado, porque mi mamá mandaba y había que obedecerle, para evitar mayores problemas).

 

                La basura -como se decía, aunque debo precisar que me refiero al camión de la basura-, pasaba dos o tres veces a la semana. Había que estar pendiente del día y la hora en que solía pasar a recogerla. Mi mamá previendo la hora socialmente convenida, ordenaba sacar la caneca (aún la oigo gritar desde la distancia en donde estuviera con sus quehaceres: Fulanito saque la caneca que ya va a pasar el camión y esté pendiente de que no se la lleven. -desde esa época no se confiaba mucho en los demás, añado-). Y vaya recordando uno cuando a uno se le olvidaba o el camión se adelantaba de hora, eso sí que eran carreras maratónicas cargando la caneca, corriendo detrás del camión y uno gritando: espereeee. Lograr la meta, entregarla, esperar a su devolución y retornar con el trofeo, la caneca, pero sin basura.

 

                No existían las bolsas plásticas, pues las compras se hacían en canastos o se empacaban en papel periódico -en el caso de la carne- o en bolsas de papel, para el resto de compras.

 

                Con el tiempo la caneca de metal pasó a ser sustituida por la de plástico, pero la rutina era la misma, sin cambios notorios, salvo que se marcaban con el nombre de la familia o el número de la placa de la dirección, cualquiera valía para poder demostrar la propiedad -porque también se las robaban-, naturalmente marcada con cualquier sobrante de pintura que se guardaba en el sanalejo, para cuando se necesitara, se solía repetir en aquellas épocas.

 

                No sé cuándo se dejaron de usar las canecas familiares para ser reemplazadas por las bolsas plásticas, que se fueron perfeccionando desde las que eran el empaque de las compras a las sofisticadas según tamaño y calidad, aunque lo usual era precisamente usar las que le daban a uno con el mercado y, para la época, signo ilustrativo para los vecinos para que supieran en dónde mercaba uno. Hoy es igual, supongo, aunque ya al vecino le importa poco en dónde mercó uno.

 

                Al no vivir ya en casa familiar, sino en apartamento, ya todo se convirtió en bolsa plástica. La rutina sigue medianamente igual; abundan las bolsas plásticas, desaparecieron las canecas (familiares y fueron sustituidas por los canecones de los edificios).

 

                Con el tiempo se impuso el reciclaje, cambiaron los colores de las bolsas -según lo legislado, aunque no lo practicado- y de reciclable y no reciclable, ahora son como cinco tipos de bolsas que deben usarse -según lo legislado, aunque no lo practicado-, aunque no todo el mundo tenga conciencia de ello. En mi caso, solo hay dos bolsas y no precisamente de colores, una de desperdicios y otra para reciclables.

 

                Hoy, persistiendo en el tiempo el día y hora de recogida, veo frente a los edificios diez, doce o más canecones listos para ser entregados a los camiones de basura, previa selección que dentro del edificio han hecho los recicladores autorizados, veo los camiones recogiendo la basura y pienso, o mejor, me imagino cuánta basura cabe en un camión, cuántos viajes hace cada día, en dónde se depositan y qué destino tiene, pero prefiero no seguir pensando en la gente que de esta actividad depende. Prefiero la comodidad de la distancia, pues me digo que bien caro me cobran con el recibo, para amargarme más la vida.

 

                Un ejemplo de las cosas que cambian sin cambiar, en que acumulamos basuras y después no sabemos cómo deshacernos de ellas.

 

Es extraño, pero los recuerdos de esa época son muy imprecisos. Curioso que el periodo más feliz de mi vida no lo pueda recordar con mayor detalle que la sensación de alegría que me producen.[1]

Foto JHB (D.R.A.)



[1] Lealtad y sangre. Raúl Garbantes.

miércoles, 25 de enero de 2023

DEL PASADO AL HOY. EL TELÉFONO.

                Hablar de cosas del pasado que fueron pero que el paso del tiempo hizo que se transformaran y hoy, con la mirada fija en ese pasado, ya puede que no sean lo que fueron, al perder su personalidad, me hizo pensar en todas aquellas cosas que alguna vez conocí y con el paso del tiempo murieron, se transformaron, se sobresaltaron. Y por eso, en la medida de lo posible, recapitularé a través de este blog, sea para recordarlas, si se es viejo como yo, o para explicarlas en sus orígenes, si se es joven y tienen la valentía de leerme.

 

                Hablar, por ejemplo, del teléfono, ese artilugio que en mi conciencia de vida siempre existió, siempre estuvo allí y que, como suele acontecer, nunca se preguntó uno de dónde provino, pues, como dije, siempre estuvo allí. El símil perfecto para la juventud de hoy es el celular, para ellos siempre ha existido y no se preguntan sobre sus orígenes, el teléfono, porque siempre lo han tenido.

 

                Pero bueno, hablo del pasado, de ese teléfono negro, grandote y pesado que siempre estuvo en su lugar, en la mesa del teléfono, conectado por un cable a una pared, sin mayores posibilidades de movilización, al contrario del actual celular. Los de mi época saben de qué hablo.

 

                Pero bueno, sigo hablando del pesado teléfono de disco, con el que nací y que fue compañero necesario de toda mi infancia y juventud. Aún recuerdo el número (405268 al que con el paso del tiempo se agregó un 2 inicial, porque Bogotá estaba creciendo, sin darme cuenta, sin darnos cuenta) y ello invisiblemente se reflejaba en el crecimiento de números.

 

                El discado… el disco, el tono de inicio, el tono de llamada, el color -negro tradicional-, todo un recuerdo.

 

                Con el tiempo, familias más avanzadas fueron cambiando el color negro por teléfonos más livianos de colores y su forma fue cambiando también. Así como la mesa del teléfono fue cambiando, cuando se lograba tener dos teléfonos, la mesa cambiaba de nombre, la del teléfono de arriba, la del teléfono de abajo (con los consabidos gritos de yo contestoooo, cuelguennnn abajoooo que es para míiiiii).

 

                Y siguiendo con la historia, solo tenían servicio local, o básico que se llamaba, y de allí que si se necesitaba llamar a otra ciudad del país, había que llamar a la operadora para que hiciera la conexión nacional. Si era al extranjero, la llamada debía hacerse a la operadora internacional, se necesitaba de un intermediario en esos casos. También recuerdo que luego el servicio podía uno ampliarlo para que se incluyeran esos tipos de llamadas sin intervención de la operadora. Como siempre, hay gente abusiva, dentro o fuera de casa y para impedir que las cuentas no deseadas llegaran, muchas familias optaron por poner dentro del discado un candadito que impedía el giro completo del discado. Y no hablo de cuando la comunicación se tenía que hacer por intermedio de Telecom a la que había que ir para hablar -muchas veces para gritar, por efectos y defectos de la comunicación de la época- en las casillas en que se hacían o recibía llamadas previamente concertadas-. Ese sería ya otro tema.

 

                Todo este recuerdo me llevó a pensar en la evolución del teléfono, del negro que siempre conocí (y no se me trate de racista, que es otro tema aparte), cuyo color en la casa evolucionó al pasar al anaranjado, hasta que llegó la edad del teléfono del teclado que hizo desaparecer el disco añorado, donde el candado también murió, aunque las llamadas nacionales o internacionales ya se podían hacer directamente o se podían bloquear a voluntad, si así lo decidía el jefe de la familia.

 

                No hablo de los teléfonos que podían existir antes de nacer, a los de los años cincuentas, porque no los viví, aunque estaba al tanto de ellos por las películas y en persona los conocí en alguna exposición del Murillo Toro, como muestra que explicaba su evolución.

 

                Y ese teléfono, con sus variantes explicadas, pervivió hasta entrado el nuevo siglo, cuando apareció el celular, en versión gigante, claro está y de uso exclusivo para pudientes y pantalleros, como uno que algún jefe tuvo para demostrar su condición y pantallería que, si he de ser sincero, adoptó.

 

                Con el tiempo la tecnología lo fue achicando, estilizando y volviéndolo multifuncional, como los que hoy, aunque a pesar de ello, el teléfono como tal persiste -aún inalámbrico, a los que por olvido no mencioné. De los celulares, eso ya es otra historia, más moderna, más contemporánea, respecto de los cuales no vale la pena profundizar, por la gama que hay por precio, por aplicaciones, por tanta vaina que pueden tener que por eso mismo es tan rentable robarlos.

 

Hay una intimidad eterna que conservamos con aquellos sitios donde hemos vivido, un reconocimiento que está por encima del paso del tiempo sobre las superficies, o poco relacionada con los ciclos de ascendente prosperidad o lento declive que representa el fenómeno del progreso. Algo muy hondo dentro de nosotros siempre verá esos lugares importantes de una sola y determinada manera, aunque nos mantengamos viviendo en ellos para siempre o, por el contrario, los visitemos tras un largo periodo de ausencia. Siempre lucirán igual ante nuestros ojos, aunque esos lugares hayan dejado de parecerse a nuestros recuerdos.[1]

Tomado de Google
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[1] Cacería implacable. Raúl Garbantes.

viernes, 20 de enero de 2023

NOSOTRAS

                Estuve leyendo un interesante libro de Rosa Montero (Nosotras), dedicado a las mujeres que en el transcurso de los tiempos han dejado su presencia de alguna manera a lo largo de la historia. Y como dice la misma Montero: Eso sí, por el hecho de ser mujeres les costaba mucho más traspasar fronteras y alcanzar la visibilidad, y desde luego no quedaban registradas en el relato oficial. Esto ha sido una constante desde el principio de los tiempos, de manera que, durante siglos, las mujeres han tenido que emerger de la nada una y otra vez, sin modelos, sin referencias, pioneras eternas por culpa de una historia no escrita y muy a menudo derrotadas, como la pobre Clara, por su penosa y errónea sensación de singularidad.

 

                Sin ser sociólogo, ni pretender serlo, el recuerdo me llevó a concluir que en la generación de mis padres las mujeres, criadas hasta ese momento a tener como profesión:  hogar, como se anotaba en todos los formularios de la época, comenzaron, al menos en este país, tímidamente a ingresar a la universidad; el comienzo de las hijas del siglo XX, particularmente abogadas, médicas, odontólogas y bacteriólogas. Son mis recuerdos.

 

Soy hijo de la mitad del siglo pasado y con el paso de esos tiempos, del bachillerato a la universidad, no tuve ocasión de sentir la tal discriminación femenina, - a pesar de que ciertas féminas han venido pregonando lo contrario con apasionamiento-, porque todos en la casa tuvimos la misma oportunidad de ir al colegio y a la universidad, eligiendo cada cual su porvenir libremente.

 

En la universidad, durante la carrera los cursos eran nivelados en materia de sexos, es decir éramos medianamente igual número de hombres y de mujeres y no recuerdo que se pregonara discriminación alguna contra ellas, aunque lo que sí resulta cierto es que algunas de ellas, las que sabían que estaban buenas y que no habían estudiado, en época de exámenes iban luciendo escotes y minifaldas para favorecerse respecto de los demás. Eso lo sabíamos todos, lo sabían ellas y entre todos reíamos maliciosamente.

 

Luego vino la vida laboral, casi toda en el sector público y a uno lo nombraban en un cargo, por ejemplo profesional I y el sueldo correspondía a ese cargo, independientemente de que fuera hombre o mujer, negro o pelirrojo, por lo que no pude detectar discriminación alguna, el caso era que lo nombraran. Éramos parejos hombres y mujeres, por lo general, Es más, a lo largo de mi carrera casi todos los jefes que tuve eran mujeres, frente a las cuales, en su mayoría, me quitaba el sombrero porque sabían con más que suficiencia su trabajo y me enseñaron mucho. En el sector privado tampoco vi discriminación alguna, pues en tales empresas, como en el sector público, los cargos se definían y se señalaba la remuneración en los respectivos reglamentos, indiferente que lo desempeñara un hombre, una mujer, un homosexual, o cualquiera de cualquier color.

 

(Hago un paréntesis, pudiera pensarse por lo escrito que tengo sesgos machistas, pero prefiero escribir sin eufemismo alguno y como dijo sabiamente Sánchez Baute (Las formas del odio): Machistas en este país somos todos, en mayor o menor medida y sin diferencia de género. Y agrego, de ser así, qué vaina no? Más adelante podré hablar sobre el tan mentado machismo. Machista yo? Tal vez, ya veremos).

 

                Entonces, hoy, más que ayer, concluyo que no sé porque hoy, más que nunca, se habla de la cacareada discriminación laboral contra la mujer, pues al menos yo, puedo dar fe que es más un mito que una realidad. Amén.

 

Ocultar el pecado es dejarle una dosis de censura, que es como decir de condena. Hago algo malo, pero por lo menos lo escondo para indicar que me avergüenzo de hacerlo.[1]

Tomado de Facebook
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[1] Asuntos de un hidalgo disoluto. Héctor Abad Faciolince.

viernes, 9 de diciembre de 2022

¿Y AL FIN QUÉ ME CURÓ?

            Con estas gripas que nos azotan, que ya no se sabe si es covid, resfrío, gripa, gripe o es la sumatoria de todas ellas, voz gangosa, moco constante, tos de perro persistente, fiebre intermitente, dolor de cabeza y otra serie de síntomas que cualquier médico de EPS si no lo manda a UCI por covid dirá que es una mera gripa, adquirida por tercera generación, es decir, le empezó al enano en el jardín, se la pasó a sus padres, éstos a nosotros y nosotros quién sabe a cuantos contagiamos adicionalmente y en el intermedio uno tratando de pensar que ojalá no me dé a mí, pero cuando el primero se va mejorando la cadena empieza a empeorar, como un teléfono roto.

 

            En mi caso, al primer síntoma, el contraataque. El dolex para paliar los dolores, luego viene el Pax día y noche, la untadita de Vickvaporup y como refuerzo el agüita de eucalipto, de sauco, el poleo, la miel, las inhalaciones de eucalipto y mil remedios aconsejados por todo el mundo. A mí me dio y yo hice esto y lo otro; también tómese tal otra cosa y uno va sanándose, bien que mal, y resulta que al final uno no termina por saber cuál fue el remedio efectivo, cuál fue el que realmente hizo el efecto, de pronto fue el dolex, o el solo sauco, pero como no se sabe cuál fue, la siguiente vez se volverán a hacer todos los remedios, más los adicionales que internet le sugiera pues uno nunca sabrá cuál le mejoró, simplemente sigamos experimentando, pues lo importante es no sufrir, ahora que pareciera que el sistema inmunológico se resintió con la cuarentena, porque ahora hasta las gripas duran un mes.

 

Permaneció un buen rato bajo la ducha, y se permitió el lujo de afeitarse allí sin reparar en el consumo de agua, en la energía invertida para calentarla, ni siquiera en el hecho de que utilizaba una cuchilla desechable. Estaba harto de cuidar del planeta: que se cuidara él sólo por una vez.[1]

Tomado de Facebook
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[1] Donna Leon. La palabra se hizo carne.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

EUFEMISMO LAMENTABLE

            Alguna vez recibí una llamada que preguntaba por mí, está fulanito de tal. Sí, con él habla. Soy fulanita de tal y no le entendí un carajo de dónde llamaba, pero siguió con su discurso, que en PyP he sido seleccionado para hacerme unos exámenes y que lo voy a agendar para mañana (sábado precisamente), a las 8 y media o a las 11 y media le queda bien y yo me atreví a preguntar en dónde había que hacerlos, en la Castellana, me contestó y ese mismo día le dan los resultados, con lo cual me imaginé una espera adiciona. Entonces para sacarle el cuerpo le dije que no podía -al solo pensar que era un sábado y a una hora muy temprana o antecitos del almuerzo, por lo que mi cerebro advirtió que nanay-. Y ella me dijo le puedo preguntar por qué no puede venir. Y por primera vez en mi vida pensé en ser sincero y le dije que porque me daba pereza, como efectivamente era, física pereza de madrugar, un sábado y salir a esas lejanías.

             Creo que se ofendió por mi sinceridad, lo advertí por su tono de voz posterior, se emputó, si me es dable afirmarlo y pensé en que actualmente no es posible ser sincero, porque se ofenden con una facilidad y así siempre hay que ocultar las verdaderas intenciones, para no ofender. Y su ofuscación se acrecentó, el tonito lo decía, pues empezó a regañarme porque no estaba interesado en mi salud y blablablá, y mientras, pensaba que no había derecho para que me vaciaran a mi edad y sin razón, pues periódicamente estaba en manos de un internista, al menos para que me formulara las pastillas consabidas con la edad y además la doña no podía vaciarme por mi sinceridad.

             Mientras lo pensaba la señora seguía con su perorata a lo que no le prestaba atención, hasta que supongo que de pura aburrida se despidió cortante, con esa afilada voz que denota su rabia al no haberle parado bolas y cortó la comunicación.

             Solo me faltaba eso, que uno ya no pueda decir las cosas como son porque ya se ofenden sin razón alguna. A la gente hoy le gusta el eufemismo para no sentirse ofendida. Válgame Dios! 

Digo: una mujer de presencia voluminosa… Esto de lo «políticamente correcto» no es más que una hipocresía para no llamar las cosas por su nombre: seamos sinceros a fin de establecer la magnitud del problema: Marlen es una mujer de gordura versal.[1]

Tomado de Facebook
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[1] Líbranos del bien. Alonso Sánchez Baute.

lunes, 5 de diciembre de 2022

DESAMPARO

            O vicisitudes de un pensionado, que es lo mismo.

             Mensualmente un pensionado debe ir a la droguería (Cruz Verde para más señas) para que le suministren su dosis respectiva. Normalmente es cuestión de paciencia, pues en la vuelta se puede tirar uno unos veinte minutos en la espera del turno. Y cosa curiosa, la máquina de los turnos expide letras como C-D-P-G-Z, aunque a mí siempre me da la P, sin quererlo ni pedirlo, pero seguro que me reconoce por la P de pensionado.

             En estos días me tocó la dosis correspondiente y por ello iba armado de la paciencia necesaria para esperar los veinte minutos consabidos y un cuarto más, por siaca. En la puerta vi al vigilante que advertía a alguien que la espera estaba entre hora y media y dos horas. No le creí y ante la imposibilidad de sentarme para la espera, decidí hacerlo fuera de la droguería, libre del tumulto y del calor de la humanidad de congéneres, pero siempre atento al famoso digiturno de llamada. Pasaron los veinte minutos y nada, y lo peor, la letra P nada que se movía, pero eso sí la G pasaba y pasaba. Alguna vez oí que independientemente de la letra era la hora de llegaba la determinante, cosas que oí. En ese entonces pensé que para qué carajos las repartían por letras, si eso era indiferente. Hoy ya no sé qué pensar.

             Pasó media hora y nada. Pasó otra media y nada, la P no se movía. Pasó otra media hora y nada, cada vez se veía más lejana la hora de atención y no es que fueran unas doscientas personas las que estuvieran haciendo cola, ni siquiera cien, tal vez veinte, pero era hora de almuerzo y no podía dejar esperando a mis comensales.

             Hora y media de mi vida perdida, pero me dije, a modo de consolación, vuelvo a las tres que a esa hora ya debe estar despejado. Mamola a las cinco que pasé nuevamente estaba igual que en la mañana, con la consabida advertencia del vigilante que la espera era de dos horas. Esta vez sí le creí y me devolví sin esfuerzo y sin drogas, ni que no pudiera asumir su costo y mamarme dos horas más en el desperdicio de mi vida, pues las puedo aprovechar leyendo o no haciendo nada, pues para eso soy dueño de mi tiempo, me dije, aquí solo se puede quejar uno ante el mono de la pila.

             Y al otro día me esperaba una nueva aventura de esas que son siempre indeseables. El internet dejó de funcionar. Iba a llamar por teléfono fijo pero igualmente estaba sin funcionamiento. Todo el día fregando por conectarme y aplicando los conocimientos en sistemas, desconecte, espere dos minutos, vuelva a conectar, espere que se reinicie, pero nada. Como soy prepago (no llamo a nadie, nadie me llama), pues sin internet y sin celular no pude comunicarme con Claro, porque está claro que era Claro, con mayúscula, el operador.

             Fui a llamar a un lugar donde me prestaban el teléfono. Interminable menú de espiche 1 si tal cosa, espiche 2 si tal otra y espere de menú en menú y cuando ya casi se agotan los menús, sale la insoportable musiquita de espera que dura dos segundos el sonsonete y vuelve a empezar el eterno sonsonete que no pasa de cuatro notas musicales, lo que lo hace más desesperante e interminable. Cuando oí que me iban a atender una operadora, tome para que lleve, la llamada se calló y se cayó la misma. Vuelve y juega, con iguales resultados. Respire profundo y no haga nada hasta que llegue a la casa, me aconsejo, que de pronto se arregló solo. Pero nada, empeoró la situación porque la televisión también dejó de funcionar; jodidos!

             Desconectar el sistema, esperar dos eternos minutos, volver a conectar, esperar a que se reinicie, esperando que nada sucediera como efectivamente sucedió, no sucedió nada. Respirar profundo y solo se me ocurren dos causas para que haya ocurrido todo esto, que me hayan desconectado por falta de pago, aún habiendo pagado oportunamente o que por equivocación me hayan desconectado, como en alguna oportunidad me ocurrió y cuando reclamé me dijeron, sin rubor alguno, que qué pena.

             En fin, por fin logré comunicarme luego de los consabidos menús y alguien tímidamente me contestó, su nombre por favor, sí don Juan, espere un momentico y yo harto de momenticos de espera. Al rato, su cédula por favor, un momentico ya lo atiendo. Al rato, me confirma su dirección, gracias por esperar, un momentico que estoy haciendo una verificación en el sistema. Largo silencio y ya preocupado de que me hubieran dejado olvidado digo el aló, aló y afortunadamente la operadora se atreve a decirme un momentico que estamos verificando el sistema. Al rato, me puede recordar su celular y dale con el espere un momentico hago otra verificación. Y silencio, hasta que al rato me dice que efectivamente en su zona hay una caída del cincuenta por ciento y ya la están reparando, cosa que pudo haberme dicho al principio. Pero para compensar la situación, agrega la operadora, le activaremos gratuitamente la línea de internet en su celular, en media hora le llegará un mensaje a su celular y puede acceder al servicio; pero gratis, reitero, como forma de no llevarme posteriores sorpresas, como en el pasado me ha acontecido; sí, como compensación, me responde. Ah bueno, gracias. Duración de la llamada 18 minutos y 42 segundos, según el registro y eso que yo no hablé más de un minuto en total, el resto fue de momenticos y de eternos silencios mientras verificaban no sé cual sistema, supongo que el nervioso mío.

             Y esperé la media hora para que me llegara el mensaje de conexión que me habían prometido, pero nada. Al rato vi un mensaje de Claro y me dije que al menos cumplieron, no en el tiempo sino en la promesa. Pero mamola, para acceder había que digitar una clave de acceso, supuse que era la cédula, pero no, entonces supuse que era la del servicio, pero tampoco, mamola. Es decir, quedé desprogramado y jodido, lo único que se me ocurrió para pasar el rato fue sentarme a escribir estas cuitas, pues no había nada más qué hacer y seguro que a la una de la mañana me ponían la famosa conexión.

             Eso me hizo pensar en mis épocas en que no existía esta tecnología, en el lejano siglo pasado, que lo más grave que podía pasar era que en la noche se fuera la luz, aunque más que problema era una aventura, pues alrededor de una vela nos reuníamos a oír cuentos y cuitas familiares.

             Pero cómo han cambiado las cosas, me dije a manera de consuelo. 

La mesura y la sensatez vienen con los años, con la experiencia, con la derrota.[1]

Tomado de Facebook
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[1] Asfixia. Raúl Garbantes.

viernes, 2 de diciembre de 2022

¿CUÁNTO CUESTA EL TIEMPO PERDIDO DE UN PENSIONADO?

            Me hice la pregunta porque cuando uno es empleado tiene excusa de decir como reclamo: Es que mi tiempo también vale. Aunque lo cierto es que a él tampoco le vale nada, le vale al empleador.

 

            En esta misma circunstancia, cuando el que tiene que hacer una fila interminable o cuando fallece antes de ser atendido o no tiene opción, cuánto podría costar el tiempo que se perdió si es un pensionado el aquejado?

 

            De todos modos le pagan su mesada y lo que le sobra es tiempo, -me estaré refiriendo al empleado o al pensionado? porque pareciera que están ambos en la misma circunstancia-.

 

            Como sea, las preguntas retóricas sirven hasta para divagar y pasar el rato, dado que para uno de pensionado, el tiempo aunque pase aburridamente no le cuesta nada y ya no puede decir que su tiempo vale, más bien debe pensar en que su tiempo pase, interminable cuando está haciendo cola para reclamar sus pastillas, su eterna dosis mensual o cuando no esté haciendo nada mirando por las ventanas (mi mamá diría que mirando a San Felipe, no sé de dónde  viene el dicho, al parecer el San Felipe no hacía un carajo).

 

… ahora a los esclavos les pagan y viven peor y hacen menos. Además están convencidos de que ya no son esclavos, y lo siguen siendo.[1]

Tomado de Facebook
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[1] Asuntos de un hidalgo disoluto. Héctor Abad Faciolince.