viernes, 10 de febrero de 2023

DEL PASADO AL HOY. TAPA DE GASEOSA

                Recuerdo las tapas de gaseosa de mis tiempos. Eran metálicas con un corcho y solo era posible abrirlas con un destapador. Los más avezados lo hacían con el filo de un cuchillo o de una mesa y había algún aventurado que lo hacía con los dientes para demostrar… quién sabe qué carajadas.

 

                Pero no servían solo para tapar las botellas de gaseosa y cerveza. Para su nuevo uso se necesitaba que al ser destapadas no sufrieran ningún tipo de imperfección, pues las tapas se convertían en elementos de juego, particularmente para poder correr la vuelta a Colombia, a mediados de año. Para recordar, era preciso tener adicionalmente una tiza, para poder demarcar en el pavimento el recorrido que debía hacerse, con rectas, curvas cerradas, montaña y todo lo que la imaginación infantil permitía y los mayores obstáculos para poder hacer uso de las diferentes modalidades de tapas que se tenía que tener.

 

                Y las tapas sufrían las más variadas transformaciones. Si se les dejaba el corcho, si se ponían dos, si se rellenaban con cera de vela, si se les incluían balines y todo eso influía para el terreno que se debía recorrer. Livianas o pesadas, si el terreno era plano o para montaña, para recta o para curva, para fuerza o para rapidez, materia prima para tan lejanos tiempos.

 

                Además, las tapas servían para los más osados, totalmente aplastada, como instrumento musical, al hacerse en el centro un hueco, claro que con una puntilla oxidada y se atravesaba un alambre para darle la sonoridad deseada. También servía así aplastada de arma mortal, así fuera a nivel de juego o de autodefensa; y hablando de juegos, los costeños la usaban, llamándola checa, para jugar al beisbol armados de un palo de escoba.

 

                Tenían muchas formas de utilizarlas, tal como recuerdo.

 

                Y de la tapa metálica se pasó con el tiempo a la de plástico, allí tal vez se perdió el juego callejero y esas tapas de antaño se transformaron en plástico de diferentes formas, de diferentes colores y hasta el corcho fue reemplazado por una lámina delgada de plástico, perdiendo así su personalidad infantil, y ahora algunos, como uso adicional las usan para hacer figuras y hasta esculturas, pero nada más.

 

                De esa manera las tapas de antaño perdieron su personalidad.

 

No pudo acordarse de nada en concreto, pero sí, dichosamente, de todo en abstracto, y con eso tuvo suficiente para seguir volando en la cálida sensación de vitalidad que le había llegado por el cable del teléfono.[1]

Tomado de Google
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[1] Olor a rosas invisibles. Laura Restrepo.

miércoles, 8 de febrero de 2023

¿QUÉ ES EL ODIO?

                Si me lo pregunta, me explayo elaborando un discurso largo y hasta aburrido explicando el concepto dentro de mi demostrada elocuencia y mi poder de hablar mierd… sí, mucho.

 

                Pero si la pregunta la hace un niño, un inocente niño, como en efecto lo hace una niña a una mujer ofendida, dentro del contexto de una serie coreana, quedé sin palabras.

 

                Ante la inocencia, tanto de la pregunta como de la infante, cuál sería la respuesta?

 

                Darle una cruda respuesta a un niño es hacerle perder la inocencia con un discurso de adulto que no llevaría a ningún lado, aunque también es cierto, el niño no entendería un carajo, lo que es bueno para él.

 

                Eso me lleva a pensar que a pesar de tanta sapiencia, no estamos preparados para asumir responsabilidades ante la inocencia misma.

 

                Ojalá un niño nunca me lo pregunte, porque no sabría qué decirle.

 

.«Los hijos cambian del todo la vida de la gente —pensaba Méndez, quien nunca los había tenido—. Te hacen ver cosas que no habías visto nunca y entender cosas que no habías entendido jamás. Supongo que cuando tienes un hijo, dejas de ser tú para ser el hijo, y curiosamente eso te hace ser más sabio. Es una de las pocas cosas que he aprendido en mi cochina vida».[1]

Tomado de Facebook
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[1] Una novela de barrio. Francisco González Ledesma.

lunes, 6 de febrero de 2023

UNA OSCURA NOCHE

                Era una noche oscura, tan oscura que no se veía nada más allá de las tímidas luces rojas que se desprenden de la luz trasera de un carro. Sucedió después de bajarme del carro para abrir la puerta que daba acceso a la finca en que estaba. No era realmente una puerta como uno se puede imaginar, era una estaca formada con hilos de alambre de púas, lo que la hacía totalmente inestable y difícil de manipular, pareciera haber sido puesta de manera improvisada, lo que hacía que su manejo mereciera especial cuidado para no terminar estacado y con corona de púas.

                 La noche seguía igual de oscura. La maniobrabilidad de la puerta improvisada solo la sabe quien ha tenido contacto con el alambre de púas.

                 En la espesura de la noche y mientras abría paso para que el carro entrara, hizo que mi movimiento fuera dando pasos hacia atrás, cuidando a la vez en no rasguñarme con las púas; no alcancé a divisar una pequeña zanja, de esas que se hacen en carreteras improvisadas para que corran las aguas hacia los lados. Naturalmente perdí el equilibrio y si no fuera porque en el lado en que caía había un montículo, habría terminado como el redentor, con una corona de púas alrededor de mi cuerpo, realmente el montículo me sirvió de soporte a la caída que veía que sucedía en cámara lenta, atento a estirar los alambres para que no tuvieran contacto con mi cuerpo o habría caído cuan largo soy dentro de la zanja y lleno de púas.

                 Como dije y repito, la noche había sido consumida por la oscuridad, por lo que no veían nada a mi alrededor, salvo esas tímidas luces rojas traseras que, si he de decir la verdad, no iluminaban mayor cosa, pareciendo más bien una luz mortecina de un bar o un prostíbulo de mala muerte.

                 De un momento a otro comencé a sentir unas picadas intensas en los pies y los tobillos, supuse que me estaba enterrando unas púas de la puerta y naturalmente el primer pensamiento fue el de maldecir, la situación y el hecho mismo de la caída y sentía picada tras picada como si el mundo entero me estuviera atacando.

                 Hormigas negras, de gran tamaño -y eso no me lo imaginé, luego pude corroborarlo-, negras como la oscuridad que me abrazaba y si una me atacaba por la derecha, mientras me deshacía de ella, otra atacaba por la izquierda y con el tiempo atacaban simultáneamente y yo tratando de quitármelas de encima, para colmo, iba en sandalias. En algún momento corroboré que las atacantes eran hormigas, sentí que una de ellas se atrevía a subir por la pierna, a la que naturalmente ataqué sin compasión, eran ellas o era yo. Brincaba sin ton ni son, en una anarquía de saltos propios de un ataque improvisado y que lo deja a uno más despistado de lo que es.

                 El espectáculo visto desde la distancia podría parecer cuestión de un loco. Ver un viejito saltando o bailando sin ton ni son, sin ritmo, descoordinadamente de un lado a otro, bajando las manos a los pies y golpeándose sin razón alguna, según lo viera cualquier testigo que me viera en la distancia. De aquí para allá tratando de aplacar el dolor, deshaciéndose de las atacantes. Por ello debería verme patético o al menos ridículo.

                 Las cosas como son.

                 Visto desde otra óptica, las hormigas se estaban defendiendo, había caído al parecer en uno de sus nidos, un temible hormiguero de hormigas negras y grandes. Buenas defensas al parecer sí tenían. Y mientras tanto y como es natural en este tipo de ataques el viejito aquél atacado, es decir yo, soltando ayayais a diestra y siniestra, en un ridículo ritual sin explicación, para el observador indiscreto. Quejidos mientras trataba de liberarme del ataque debería hacer que me viera más patético de lo que puedo ser en sano juicio, pero afortunadamente la oscuridad no permitió ver cualquier sonrojo.

                 Y qué me dicen de tener que cerrar la puerta esa de púas, que nadie logra estirarla por más que lo desee, especialmente de un citadino en el campo. Tensar un alambre de púas es inexplicable, se necesita tener experticia, pues de lo contrario es imposible hacerlo, como en efecto terminé de hacer, no cerrarla, dejarla allí tirada luego de unos tres intentos por cerrarla, mientras las hormigas que aún estaban en mi cuerpo seguían atacando sin piedad y a sabiendas que morirían en el intento. Y no podía subirme al carro pues el riesgo era que las hormigas subieran conmigo y atacaran a los demás, por lo que opté por subir a pie el resto de carretera que quedaba hasta la entrada de la finca, en donde había la suficiente luz para hacerme una limpieza completa de esos horrendos bichos. Por ello era risible también el espectáculo de ver subir al viejito por la carretera, espantando hormigas, brincando de aquí para allá y tratando de correr, a la velocidad de viejito, claro está. 

Una proeza de viejito, me digo ahora en la distancia, pero qué jijueputas para picar… 

… nunca deja de asombrarse de la capacidad del ser humano para acostumbrarse a sus circunstancias. Es capaz de acostumbrarse al hambre, a la sed, al sobretrabajo, a la violencia, a la opresión, a la inseguridad, a la guerra. Pero también puede vivir en el desierto o en el hielo, puede vivir en la montaña, hasta en la selva. Su adaptación es el mejor testimonio de sus grandes logros. Y también el de sus mayores fracasos.[1]

Foto JHB



[1] El silencio de Lucía. Raúl Garbantes.

viernes, 3 de febrero de 2023

¿QUÉ ES UNA ETERNIDAD?

                Una eternidad es la espera infructuosa de algo. Es estar en una sala de recibo esperando a que le contraten o que, estando trabajando, le reciban para un llamado de atención. Es estar en una esquina esperando ansioso la llegada de una cita. Es una larga vida esperando que llegue la muerte. Es esperar viendo como se apaga la vida de alguien querido, sin que ello llegue. Es en fin tan solo un momento y nos parece una eternidad.

 

                Pensaba en las estrellas cuya luz llega, según cuentan los que saben, millones de años después de haber sido lanzada. Pero aún ellas, en su propia eternidad, tienen un fin. Todo tiene un fin, literal y figuradamente, al no ser nada eterno.

 

                Pero aún así, la eternidad existe, sea diabólica o celestial, según nos han infundido. Será un eterno ahora, sin pasado ni futuro? Per Omnia secula seculorum, enseña la madre iglesia, para determinar la duración o la no duración de Dios.

 

                Y con todo, me sigo preguntando qué será la eternidad, si no tenemos noción alguna de ella?

 

No vale la pena preocuparse por eso en este instante. Lo mejor es simplemente disfrutar de este momento de paz, dejarlo que dure lo que tiene que durar, sean segundos, o minutos. Lo que pase luego, pasará luego, no ahora. Así que mejor dejar los pensamientos sobre el futuro para cuando el futuro sea presente. El resto es ansiedad.[1]

Tomado de Facebook
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[1] El silencio de Lucía. Raúl Garbantes.

miércoles, 1 de febrero de 2023

¿QUÉ ES SER MACHISTA HOY?

                Me asaltó la duda. A mi edad que me llamen machista ya no me escandaliza, me da igual, puedo serlo, talvez, puede que no, a quién le importa?

 

                Ser machista es no poderle gritar a una mujer: Vieja hijueputa, cuando lo están atacando sin razón? Eso es defensa personal, porque ya uno no puede revirar contra ese tipo de féminas y el insulto solo puede quedar de pensamiento, pues de palabra o de obra, el jodido termina siendo uno. Aparte de que la mujer se igualó al hombre, no por lo bueno, sino por lo malo, como tanto lo he pregonado, ya son tan vulgares como uno, de pensamiento, palabra y obra.

 

                Y entonces me sigo preguntando, soy machista? Ya no se puede ceder el puesto a una mujer, porque se le tildará de machista; tampoco se le puede ayudar con las bolsas que cargue, porque le dirán abusivo; menos, darle la mano para que bajen del bus. Se sentirán abusadas, inferiores y de esa manera se ofenderán. Pero eso sí, no se ofenden cuando en su diario hablar se tratan de perras, de culiprontas porque son unas igualadas, la feminidad se perdió y la caballerosidad hoy es tildada de machismo, ¿cómo cambian las cosas, no?

 

                Pues me seguiré preguntando qué es ser machista y creo que nadie podrá sacarme de la duda, como no me sacará de la duda esa moda de que toda muerte de una mujer es feminicidio mientras que la de un hombre es un güevón que se murió, cuando cualquier muerte de un ser humano en tales condiciones debería ser objeto de preocupación.

 

                Pero estamos en los tiempos modernos. ¿Quién me lo puede explicar?

 

—Cuida tu lenguaje, Hawkins —dijo el agente que caminaba al lado de Lydia—. Hay una dama entre nosotros.
A Lydia la hizo sonreír esa suerte de machismo inconsciente y bienintencionado. Se preguntó si guardarían los mismos reparos verbales en presencia de las mujeres policías, o a ellas ya las considerarían iguales a sus colegas hombres por el mero hecho de estar uniformadas.[1]

Tomado de Facebook
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lunes, 30 de enero de 2023

DEL PASADO AL HOY. DEL DISKETTE A LOS TERAS.

                Hablaré de un pasado no muy remoto, mediados los noventa cuando la tecnología arrasó con el conocimiento cotidiano y nos hizo aprender con un cambio brusco como fue la aparición popular de los computadores, pero hablaré de la evolución de los medios para guardar la información -dispositivos de almacenamiento, leo que se llaman con mayor precisión-.

 

                Sin embargo, la defunción -o mejor el nacimiento y defunción- de esos medios ha sido brutal y cosa de pocos años.

 

                Recuerdo haber conocido computadores que guardaban directamente en el aparato la información, no sé si el recuerdo sea o no cierto, es solo una sensación de viejo que trata de recordar. No recuerdo cuánto se podía guardar dentro del computador.

 

                Y entonces apareció el disco flexible (Su primera denominación fue disco flexible (floppy disk), y tenía 8 pulgadas de diámetro (unos 20 centímetros). Me enseña el doctor Google, ya que no me fio de mi memoria). Era el disco de 8 y su capacidad límite leo que era de hasta de un mega y estamos hablando de los años noventa -aclaro que pudo haber sido antes pero a Colombia llegaron para popularizarse para esas épocas, mis años mozos-. Para uno, en esos discos cabía un montón, porque uno no tenía todavía noción de lo que era un montononón. Y uno se llenaba de esos discos, los cuidaba y acariciaba con la niña de sus ojos, no se fueran a partir y a perder lo que contenían -basura, dirá uno hoy-.

 

                Y hacia finales de los noventa (repito que hablo de Colombia) el flexible pasó a ser rígido, lo que implicaba una reducción también del tamaño: el disquete de tres y medio, que llamábamos (Sony desarrolla el disquete de 3.5 pulgadas el cual presentaba 2 novedades principales: cabía en el bolsillo de la camisa y era más robusto. Me vuelve a ayudar Google). Cabía en el bolsillo y tenía mayor capacidad. En sus inicios se compraban por unidad, por cuestiones de costos de la época y se custodiaba ese disquete, como la niña de los ojos. Luego se volvieron más asequibles y se compraban por cajas naturalmente no para guardar precisamente grandes tesoros, salvo los juegos y programas, que esos sí eran verdaderos tesoros. Y se llenó uno de disquetes de tres y media. Pero con el tiempo también fueron muriendo y los mató el CD (de un solo guardado o el que se podía regrabar) y al poquito tiempo también las USB y ya entramos al nuevo milenio.

 

Ya todos saben de la evolución del tamaño de guardado que podía hacerse en ellos, en todo caso superando a sus antecesores, para ver que de unos megas ahora se pueden guardar hasta teras y lo más escandaloso, para uno de viejo, hasta se puede guardar en la nube, de acuerdo con el idioma actual que no es una nube sino en algún lugar del planeta, así como los Mb de que se hablaba en los flexibles y disquetes que, según me entero por el sabio doctor Google, no era megas sino kilobytes, vaya a saber uno a qué se debe esa distorsión.

 

Eso me lleva a pensar que en la modernidad actual, las cosas nacen y mueren con mayor facilidad que las de antaño, al menos el teléfono se transformó en celular, pero aún persiste en su lucha, a pesar de los años.

 

Suceda lo que suceda, no olvides nunca esto: nuestra existencia se agota en pocos días. Pasa como el viento del desierto. Así, mientras te quede un soplo de vida, habrá dos días por los que nunca tendrás que preocuparte: el día que no ha llegado y el día que ha pasado ya… [1]

Tomado de Facebook



[1] Avicena. Gilbert Sinoué.

viernes, 27 de enero de 2023

DEL PASADO AL HOY. LA CANECA DE LA BASURA.

                O si se quiere más especificidad, del recipiente hogareño que recibe las basuras de todo tipo.

 

                Pensando en mi niñez, recuerdo que de las primeras canecas que conocí eran todas de metal, color gris, tapa incluida. Cuando fui medianamente más grande, luego de los ocho o diez años, ascendí a ser el encargado de sacarla (dicho así, encargado, porque mi mamá mandaba y había que obedecerle, para evitar mayores problemas).

 

                La basura -como se decía, aunque debo precisar que me refiero al camión de la basura-, pasaba dos o tres veces a la semana. Había que estar pendiente del día y la hora en que solía pasar a recogerla. Mi mamá previendo la hora socialmente convenida, ordenaba sacar la caneca (aún la oigo gritar desde la distancia en donde estuviera con sus quehaceres: Fulanito saque la caneca que ya va a pasar el camión y esté pendiente de que no se la lleven. -desde esa época no se confiaba mucho en los demás, añado-). Y vaya recordando uno cuando a uno se le olvidaba o el camión se adelantaba de hora, eso sí que eran carreras maratónicas cargando la caneca, corriendo detrás del camión y uno gritando: espereeee. Lograr la meta, entregarla, esperar a su devolución y retornar con el trofeo, la caneca, pero sin basura.

 

                No existían las bolsas plásticas, pues las compras se hacían en canastos o se empacaban en papel periódico -en el caso de la carne- o en bolsas de papel, para el resto de compras.

 

                Con el tiempo la caneca de metal pasó a ser sustituida por la de plástico, pero la rutina era la misma, sin cambios notorios, salvo que se marcaban con el nombre de la familia o el número de la placa de la dirección, cualquiera valía para poder demostrar la propiedad -porque también se las robaban-, naturalmente marcada con cualquier sobrante de pintura que se guardaba en el sanalejo, para cuando se necesitara, se solía repetir en aquellas épocas.

 

                No sé cuándo se dejaron de usar las canecas familiares para ser reemplazadas por las bolsas plásticas, que se fueron perfeccionando desde las que eran el empaque de las compras a las sofisticadas según tamaño y calidad, aunque lo usual era precisamente usar las que le daban a uno con el mercado y, para la época, signo ilustrativo para los vecinos para que supieran en dónde mercaba uno. Hoy es igual, supongo, aunque ya al vecino le importa poco en dónde mercó uno.

 

                Al no vivir ya en casa familiar, sino en apartamento, ya todo se convirtió en bolsa plástica. La rutina sigue medianamente igual; abundan las bolsas plásticas, desaparecieron las canecas (familiares y fueron sustituidas por los canecones de los edificios).

 

                Con el tiempo se impuso el reciclaje, cambiaron los colores de las bolsas -según lo legislado, aunque no lo practicado- y de reciclable y no reciclable, ahora son como cinco tipos de bolsas que deben usarse -según lo legislado, aunque no lo practicado-, aunque no todo el mundo tenga conciencia de ello. En mi caso, solo hay dos bolsas y no precisamente de colores, una de desperdicios y otra para reciclables.

 

                Hoy, persistiendo en el tiempo el día y hora de recogida, veo frente a los edificios diez, doce o más canecones listos para ser entregados a los camiones de basura, previa selección que dentro del edificio han hecho los recicladores autorizados, veo los camiones recogiendo la basura y pienso, o mejor, me imagino cuánta basura cabe en un camión, cuántos viajes hace cada día, en dónde se depositan y qué destino tiene, pero prefiero no seguir pensando en la gente que de esta actividad depende. Prefiero la comodidad de la distancia, pues me digo que bien caro me cobran con el recibo, para amargarme más la vida.

 

                Un ejemplo de las cosas que cambian sin cambiar, en que acumulamos basuras y después no sabemos cómo deshacernos de ellas.

 

Es extraño, pero los recuerdos de esa época son muy imprecisos. Curioso que el periodo más feliz de mi vida no lo pueda recordar con mayor detalle que la sensación de alegría que me producen.[1]

Foto JHB (D.R.A.)



[1] Lealtad y sangre. Raúl Garbantes.

miércoles, 25 de enero de 2023

DEL PASADO AL HOY. EL TELÉFONO.

                Hablar de cosas del pasado que fueron pero que el paso del tiempo hizo que se transformaran y hoy, con la mirada fija en ese pasado, ya puede que no sean lo que fueron, al perder su personalidad, me hizo pensar en todas aquellas cosas que alguna vez conocí y con el paso del tiempo murieron, se transformaron, se sobresaltaron. Y por eso, en la medida de lo posible, recapitularé a través de este blog, sea para recordarlas, si se es viejo como yo, o para explicarlas en sus orígenes, si se es joven y tienen la valentía de leerme.

 

                Hablar, por ejemplo, del teléfono, ese artilugio que en mi conciencia de vida siempre existió, siempre estuvo allí y que, como suele acontecer, nunca se preguntó uno de dónde provino, pues, como dije, siempre estuvo allí. El símil perfecto para la juventud de hoy es el celular, para ellos siempre ha existido y no se preguntan sobre sus orígenes, el teléfono, porque siempre lo han tenido.

 

                Pero bueno, hablo del pasado, de ese teléfono negro, grandote y pesado que siempre estuvo en su lugar, en la mesa del teléfono, conectado por un cable a una pared, sin mayores posibilidades de movilización, al contrario del actual celular. Los de mi época saben de qué hablo.

 

                Pero bueno, sigo hablando del pesado teléfono de disco, con el que nací y que fue compañero necesario de toda mi infancia y juventud. Aún recuerdo el número (405268 al que con el paso del tiempo se agregó un 2 inicial, porque Bogotá estaba creciendo, sin darme cuenta, sin darnos cuenta) y ello invisiblemente se reflejaba en el crecimiento de números.

 

                El discado… el disco, el tono de inicio, el tono de llamada, el color -negro tradicional-, todo un recuerdo.

 

                Con el tiempo, familias más avanzadas fueron cambiando el color negro por teléfonos más livianos de colores y su forma fue cambiando también. Así como la mesa del teléfono fue cambiando, cuando se lograba tener dos teléfonos, la mesa cambiaba de nombre, la del teléfono de arriba, la del teléfono de abajo (con los consabidos gritos de yo contestoooo, cuelguennnn abajoooo que es para míiiiii).

 

                Y siguiendo con la historia, solo tenían servicio local, o básico que se llamaba, y de allí que si se necesitaba llamar a otra ciudad del país, había que llamar a la operadora para que hiciera la conexión nacional. Si era al extranjero, la llamada debía hacerse a la operadora internacional, se necesitaba de un intermediario en esos casos. También recuerdo que luego el servicio podía uno ampliarlo para que se incluyeran esos tipos de llamadas sin intervención de la operadora. Como siempre, hay gente abusiva, dentro o fuera de casa y para impedir que las cuentas no deseadas llegaran, muchas familias optaron por poner dentro del discado un candadito que impedía el giro completo del discado. Y no hablo de cuando la comunicación se tenía que hacer por intermedio de Telecom a la que había que ir para hablar -muchas veces para gritar, por efectos y defectos de la comunicación de la época- en las casillas en que se hacían o recibía llamadas previamente concertadas-. Ese sería ya otro tema.

 

                Todo este recuerdo me llevó a pensar en la evolución del teléfono, del negro que siempre conocí (y no se me trate de racista, que es otro tema aparte), cuyo color en la casa evolucionó al pasar al anaranjado, hasta que llegó la edad del teléfono del teclado que hizo desaparecer el disco añorado, donde el candado también murió, aunque las llamadas nacionales o internacionales ya se podían hacer directamente o se podían bloquear a voluntad, si así lo decidía el jefe de la familia.

 

                No hablo de los teléfonos que podían existir antes de nacer, a los de los años cincuentas, porque no los viví, aunque estaba al tanto de ellos por las películas y en persona los conocí en alguna exposición del Murillo Toro, como muestra que explicaba su evolución.

 

                Y ese teléfono, con sus variantes explicadas, pervivió hasta entrado el nuevo siglo, cuando apareció el celular, en versión gigante, claro está y de uso exclusivo para pudientes y pantalleros, como uno que algún jefe tuvo para demostrar su condición y pantallería que, si he de ser sincero, adoptó.

 

                Con el tiempo la tecnología lo fue achicando, estilizando y volviéndolo multifuncional, como los que hoy, aunque a pesar de ello, el teléfono como tal persiste -aún inalámbrico, a los que por olvido no mencioné. De los celulares, eso ya es otra historia, más moderna, más contemporánea, respecto de los cuales no vale la pena profundizar, por la gama que hay por precio, por aplicaciones, por tanta vaina que pueden tener que por eso mismo es tan rentable robarlos.

 

Hay una intimidad eterna que conservamos con aquellos sitios donde hemos vivido, un reconocimiento que está por encima del paso del tiempo sobre las superficies, o poco relacionada con los ciclos de ascendente prosperidad o lento declive que representa el fenómeno del progreso. Algo muy hondo dentro de nosotros siempre verá esos lugares importantes de una sola y determinada manera, aunque nos mantengamos viviendo en ellos para siempre o, por el contrario, los visitemos tras un largo periodo de ausencia. Siempre lucirán igual ante nuestros ojos, aunque esos lugares hayan dejado de parecerse a nuestros recuerdos.[1]

Tomado de Google
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[1] Cacería implacable. Raúl Garbantes.

viernes, 20 de enero de 2023

NOSOTRAS

                Estuve leyendo un interesante libro de Rosa Montero (Nosotras), dedicado a las mujeres que en el transcurso de los tiempos han dejado su presencia de alguna manera a lo largo de la historia. Y como dice la misma Montero: Eso sí, por el hecho de ser mujeres les costaba mucho más traspasar fronteras y alcanzar la visibilidad, y desde luego no quedaban registradas en el relato oficial. Esto ha sido una constante desde el principio de los tiempos, de manera que, durante siglos, las mujeres han tenido que emerger de la nada una y otra vez, sin modelos, sin referencias, pioneras eternas por culpa de una historia no escrita y muy a menudo derrotadas, como la pobre Clara, por su penosa y errónea sensación de singularidad.

 

                Sin ser sociólogo, ni pretender serlo, el recuerdo me llevó a concluir que en la generación de mis padres las mujeres, criadas hasta ese momento a tener como profesión:  hogar, como se anotaba en todos los formularios de la época, comenzaron, al menos en este país, tímidamente a ingresar a la universidad; el comienzo de las hijas del siglo XX, particularmente abogadas, médicas, odontólogas y bacteriólogas. Son mis recuerdos.

 

Soy hijo de la mitad del siglo pasado y con el paso de esos tiempos, del bachillerato a la universidad, no tuve ocasión de sentir la tal discriminación femenina, - a pesar de que ciertas féminas han venido pregonando lo contrario con apasionamiento-, porque todos en la casa tuvimos la misma oportunidad de ir al colegio y a la universidad, eligiendo cada cual su porvenir libremente.

 

En la universidad, durante la carrera los cursos eran nivelados en materia de sexos, es decir éramos medianamente igual número de hombres y de mujeres y no recuerdo que se pregonara discriminación alguna contra ellas, aunque lo que sí resulta cierto es que algunas de ellas, las que sabían que estaban buenas y que no habían estudiado, en época de exámenes iban luciendo escotes y minifaldas para favorecerse respecto de los demás. Eso lo sabíamos todos, lo sabían ellas y entre todos reíamos maliciosamente.

 

Luego vino la vida laboral, casi toda en el sector público y a uno lo nombraban en un cargo, por ejemplo profesional I y el sueldo correspondía a ese cargo, independientemente de que fuera hombre o mujer, negro o pelirrojo, por lo que no pude detectar discriminación alguna, el caso era que lo nombraran. Éramos parejos hombres y mujeres, por lo general, Es más, a lo largo de mi carrera casi todos los jefes que tuve eran mujeres, frente a las cuales, en su mayoría, me quitaba el sombrero porque sabían con más que suficiencia su trabajo y me enseñaron mucho. En el sector privado tampoco vi discriminación alguna, pues en tales empresas, como en el sector público, los cargos se definían y se señalaba la remuneración en los respectivos reglamentos, indiferente que lo desempeñara un hombre, una mujer, un homosexual, o cualquiera de cualquier color.

 

(Hago un paréntesis, pudiera pensarse por lo escrito que tengo sesgos machistas, pero prefiero escribir sin eufemismo alguno y como dijo sabiamente Sánchez Baute (Las formas del odio): Machistas en este país somos todos, en mayor o menor medida y sin diferencia de género. Y agrego, de ser así, qué vaina no? Más adelante podré hablar sobre el tan mentado machismo. Machista yo? Tal vez, ya veremos).

 

                Entonces, hoy, más que ayer, concluyo que no sé porque hoy, más que nunca, se habla de la cacareada discriminación laboral contra la mujer, pues al menos yo, puedo dar fe que es más un mito que una realidad. Amén.

 

Ocultar el pecado es dejarle una dosis de censura, que es como decir de condena. Hago algo malo, pero por lo menos lo escondo para indicar que me avergüenzo de hacerlo.[1]

Tomado de Facebook
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[1] Asuntos de un hidalgo disoluto. Héctor Abad Faciolince.