viernes, 8 de mayo de 2020

UNA REFLEXIÓN


            Ante esta cuarentena me preguntaba sobre la posibilidad de morir por razón del coronavirus.

            Pensaba que a pesar de todos los cuidados que uno puede tener, cumpliendo todos los protocolos establecidos, una moneda recibida como vueltas de una compra puede ser la causante de contagio. O un roce imprevisto o el tomar un paquete o cualquier producto de un supermercado que esté contagiado o la puerta de acceso, cualquier cosa puede dar lugar al contagio, recordando que al que le van a dar le guardan y al que está destinado, ni cambiar la ruta a Samarkanda (1) lo salva.

            Pensaba que este sería uno de los pocos casos a los que el hombre se enfrenta y sabe, en estado avanzado, que no tiene escapatoria y que su final está muy próximo. Pensaba en reacciones –de negación a aceptación, cumplidos todos los pasos de ese luto-, para concluir que como cada persona es un mundo diferente, las formas de asumirlo serían muy variadas, que por el momento no vienen a cuento.

            Pensaba en el miedo que debe generar esa situación, por más negación que uno pueda hacerse, y en todos los pensamientos que se alborotarían, haciendo más angustioso el momento final.

            Y curiosamente estaba terminando de leer una novela (2), que resumió la reflexión con la que inicié:

Decidido. No debe tener miedo al final. Pero ha de prepararse para el viaje definitivo, e Hipódamo recuerda entonces a los filósofos epicúreos, a los que tanto admira: «La muerte no es nada, nada. Un temor fatuo e inconsciente propio de niños. La muerte nos priva de todos los sentidos, luego no la sentimos. Entonces, ¿por qué temerla? Si estoy vivo, la muerte no existe, y cuando muera, seré yo el que ya no exista. Por tanto, no hay razón para el miedo. Morir no es sino la culminación de la vida, y debe ser un acto digno y glorioso».
Nacer, vivir, morir… Su mente no permanece tranquila ni un instante. ¿Qué es la vida, qué es la muerte? ¿De dónde venimos, adónde vamos? En Hipódamo todo son recelos, sentimientos encontrados, contradicciones insuperables…, y reflexiona profundamente siguiendo a sus maestros filósofos: «La vida sólo es una agitación. Nacemos como inermes criaturas arrojadas a un mar proceloso; vivimos sumidos en una constante zozobra, ansiando alcanzar un imposible; y morimos sin dejar otra cosa que una estela en el aire que el viento disipará, un surco en la arena que la lluvia borrará o una onda en el agua que desharán las olas. Quizá ése sea nuestro destino: o bien desaparecer para siempre o regresar de nuevo a los orígenes de todo, a un nuevo principio, a otro comienzo, a la razón universal».

Lo mismo da morir en el barro que sobre suelo seco, y la sensación que cada uno puede experimentar ante la proximidad de la muerte es algo personal y reservado, íntimo, que no afecta a nadie más que a él. A menos, claro está, que esa sensación se exteriorice, lo que empieza ya a lindar con la cobardía…(3)

Tomado de Facebook.

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[2] Corral, José Luis y Pinero Sáenz, Antonio - El trono maldito.  
[3] Arturo Pérez-Revert. El Húsar.



miércoles, 6 de mayo de 2020

IMPULSO


            Ante cada desgracia colectiva surgen a veces voces honestas con deseo de hacer mejor este mundo. Son impulsos que a veces surgen, como dije, y generalmente detrás de una desgracia colectiva aparecen quienes hacen algo, al contrario de personas como yo, que no hacemos nada, he de confesarlo, no tengo ni una pizca de alma de héroe ni de poeta.

            Y si ese impulso coge fuerza, se suman aquellos que buscan sacar su tajada de la desgracia humana y que abusivamente se apropian de los mejores esfuerzos de los demás, toda esa miseria humana que abundan en nuestras calles, entre políticos, gente frustrada, gente amargada. Al menos esos deberían hacer como uno, que no hacen nada, pero que tampoco entorpecen, dejan que hagan los que realmente son buenos de corazón.

            Como sea, en manos de buenos o malos, esos impulsos se van desvaneciendo con el tiempo, se evaporan las palabras y en la nebulosa quedan los resultados. No se trata de desalentar a los pocos buenos que pueden quedar, son reflexiones a propósito de los recuerdos. Fue un mero impulso en que me hizo escribir.

«No hay nada más peligroso que alguien que quiera hacer del mundo un lugar mejor». BANKSY (1).


Tomado de Facebook.
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[1] Citado por Matilde Asensi. Sakura.

lunes, 4 de mayo de 2020

IMPERCEPTIBLES


            Hay cosas que por ser imperceptibles han pasado desapercibidas. Cosas, hechos, actos, sucesos que por cuenta de la cuarentena vienen sucediendo pero que no son notorias, salvo cuando se expresan.

            Un ejemplo, el polvo que era tan constante en nuestras casas ha disminuido –literal y alegóricamente-. La construcción está quieta, la movilidad vehicular bajo y supongo que esos sean los factores de que ya no haya tanta necesidad de estar limpiando el polvo.

            Supongo que por las mismas razones los cielos, cuando no nublados, están más azules, con menos bruma, más limpios, para ver y para respirar.

            Y otros más imperceptibles, ya a nivel personal. Nuestros movimientos se hicieron más lentos, más pausados, más perezosos. Falta de la actividad del movimiento? Nos hace falta el corre corre? El movimiento rápido?

            La visión, no solo del mundo ni de nosotros mismos, que de alguna manera nos puso a pensar, aún sin quererlo. Pero me refiero a los ojos. Quienes vivimos rodeados de muros, colindantes, medianeros que impiden ver a más de tres cuadras no se han dado cuenta que para ajustar la vista a larga distancia ha disminuido la visual? Hay que hacer un esfuerzo para volver a acoplar los ojos a esas montañas distantes para poderlas ver como son, montañas de lejanía, perceptibles, bien miradas, como antes.

            El baño, ya se toma el tiempo para dedicarlo a ello, cuando antes era a lo que vinimos fuimos. Ahora se dedica más tiempo, supongo que porque el tiempo hay que matarlo de alguna manera.

            El acto de levantarse, como ya no hay apuro, se implanta en el deseo aquello de media horita más.

            Y así podría seguir mencionando una serie de sucesos y actos que antes eran diferentes y que hoy se encuentran en baja resolución y, lo que resulta crucial, es que parece que no nacimos para estar encerrados.

Nuestra vida es en sí y por sí misma algo de lo que sabemos muy poco.(1)

Tomado de Facebook.
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(1) Philip Roth. Me case con un comunista.

viernes, 1 de mayo de 2020

SIN LUZ NO HAY NADA


            En medio de esta cuarentena, desde donde habito me propuse ver por las ventanas, ver cómo la gente les rehúye, prefieren el anonimato, tal vez tengan ese prurito de ver desde donde no les vean, no quieren una confrontación visual, prefieren la de soslayo, aunque a medida que va pasando la cuarentena, la vergüenza se va distendiendo.

            Ver a quienes empezaron a hacer ejercicios, prefieren su intimidad, cierran cortinas y se dedican a su actividad. Con fisgones no pueden hacerlo, ya lo veo.

            Durante el día se les ve con celular en la mano, con tablet a disposición o con computador en su sitio. Trabajando, desaburriéndose en redes sociales, chismiando, chateando, pero siempre conectados, aún mientras toman un sorbo de agua. Y el día se les va en eso.

            Y cuando el cansancio los vence, se les ve recorriendo todos los rincones de la casa, estirándose, desentumeciéndose, mirando a los vecinos, tal como ellos han sido observados en algún momento. Y ven que con el paso del tiempo es obligatorio ver al vecino no haciendo nada o perdiendo el tiempo en la red, esa que nos agobia pero que nos enreda y nos envicia.

            Y un día, no hace mucho, se fue la luz. Se fue la luz en todo el conjunto y al parecer en toda la manzana, según estruendo que se oyó a lo lejos y que dejó todo sumido en silencio; que apagó todas las luces que se veían encendidas, a pesar de ser medio día; que apagó las músicas que en diferentes volúmenes se hacían presentes.

            Y todo enmudeció, más que antes.

            Y las ventanas se empezaron a poblar, por mirones que no entendían qué pasaba. Por aquellos que antes se escondían ahora sin rubor aparecían en la ventana mirándose mutuamente, como dándose el pésame, al compartir una pena que no era posible, pero que había ocurrido.

            Casi todas las caras reflejaban la misma pregunta, pero que nadie se quería formular, porque podía ser el advenimiento del acabose y nadie podía preverlo: No hay luz y ahora qué hacemos?

            Así como nadie pudo prever esta cuarentena. Pero sucedió.

El dios (…) parece contemplar, dormitando o impasible, el sacrificio de sus fieles; sus ángeles permanecen inactivos en las alturas.(1)

Foto JHB (D.R.A.)


(1) José Luis Corral y Antonio Piñero. El trono maldito.

miércoles, 29 de abril de 2020

EN ZAPATOS AJENOS



            Difícil ponerse los zapatos de otro y pararse con ellos a ver la vida, porque no es la de uno, la que uno conoce, la que uno soporta y además porque también es cierto que los zapatos de uno son los únicos que le calzan a la medida, a pesar de callos y juanetes o a pesar de ellos o por ellos.

            Difícil pretender ver la vida con otros ojos, diferentes a los de uno mismo, porque cada uno tiene su propia mirada, muy diferente a la ajena, lo que le impide ver las limitaciones o las bondades de la otra.

            En estas cuarentenas difícil, para un pensionado que tiene asegurada su entrada mensual, ponerse en la situación ajena de quienes viven de lo que producen diariamente, como el que vende el tinto, el del puesto de dulces, el de la miscelánea, el embolador, el que, por lo general, se para en la esquina a vender cualquier producto. No pueden vender pero tienen gastos, así sean mínimos, vistos desde la perspectiva de uno, altos, desde el punto de vista de ellos. Deudas que se acumularán.

            También ponerse en el puesto de aquellos que decidieron ser independientes con un nivel de vida mayor, que dependen de los negocios que hagan y que, de todos modos, por cuarentena vieron cómo la vida daba un vuelco imprevisto, por ellos mismos, por sus subordinados, si los tienen. Y ver, a pesar de las promesas y juramentos gubernamentales del acceso al crédito –que tendrían que pagar de alguna manera-, ven cómo cierran los bancos sus esperanzas. Deudas que se acumularán con la posibilidad de llegar a la quiebra, al cierre de su negocio.

            Difícil ponerse en los zapatos ajenos, me repito.

            Pero lo que pareciendo difícil resultó más sencillo, es ponerse los zapatos de los de tercera edad que abundan, como yo, entre las ventanas. Vivir la vida de aquellos que ya retirados, teniendo o no un futuro, me obligó de cualquier manera padecerlo. La cuarentena me dejó ver cómo es la vida de aquellos que solo están a la espera de su propio futuro, que no es otro que lo que nos espera a todos (nótese el eufemismo usado para no decir lo que debió decirse de entrada).

            Siempre me había parecido deprimente, desde mi punto de vista, estar retirado sin ninguna actividad diaria qué hacer. Pasear por su casa de rincón en rincón, de espacio en espacio, sin hacer mayor cosa que estar pendiente de lo que sucede más allá de sus ventanas, vistas desde esas eternas ventanas, pensando en los recuerdos, supongo, añorando el porvenir, me imagino (otro eufemismo bien usado).

            Y esa es la inactividad que he visto, no ya de retirados sino de gente común y corriente, obligados por la cuarentena, que no saben qué hacer para agotar el minuto diario y no caer en bruces del aburrimiento.

            Y ahí si nos pusimos los zapatos ajenos, esperando lo que no llega, en eterno aburrimiento, pues hasta las redes sociales terminan cansando y aburriendo.

            Con esa mirada, espero no terminar en zapato ajeno, prefiero tener los míos, con mi propia rutina, pero sin aburrimiento, ni esperar estar todo el día atento a una ventana para ver cómo se acerca el fin, sin haber hecho nada.

El ciclo de su vida, cuanto tenía que esperar del mundo, ya se había consumado. Y el joven Frederic, en su infantil intuición, supo comprender que su abuelo dejaba de luchar por la vida, pues nada esperaba ya de ella; salía al encuentro de la muerte con la pasividad y el abandono del hombre que había ya franqueado el muro al otro lado del cual se quedan la vitalidad y las ansias de luchar por la existencia. Y contemplando, no sin temor reverencial, desde el umbral de la alcoba la figura inmóvil de su abuelo, Frederic Glüntz se preguntó entonces fugazmente si no estaría en ella y en lo que representaba el principio de la máxima sabiduría.(1)

Foto JHB (D.R.A.)


(1) Arturo Pérez-Revert. El Húsar.

lunes, 27 de abril de 2020

RALENTIZACIÓN



            Esa palabra(1) siempre me llevó a equívocos, cuando la oía pensaba en aceleración, asociada a cuando iba al taller y el mecánico le ponía el ralentí(2) a la correa y como veía la velocidad se me asentó el concepto. A fuerza de oírla encontré que era lo contrario a lo por mí pensado.

            Y ante esta obligada cuarentena me encontré con el desacelere de la vida, no solo la del pensionado, como yo, sino la de todos. Antes de esta hecatombe nadie tenía tiempo para nada, todos estaban ocupados, así  fuera chateando, nunca se tenía la disposición para algo porque era el afán la reina del tiempo, tanto que ante cualquier pregunta de disposición, lo primero que se miraba era el reloj, como si él fuera el que decidiera si se aceptaba o no la propuesta.

            Cuando los días de cuarentena fueron pasando, se hizo notoria una desaceleración de la vida cotidiana, ya no había que levantarse corriendo, ni correr para llegar a algún lado. Se iba pausando el correr del minutero, hasta hacerse eterno, como eternos son los segundos en situaciones semejantes, cuando no hay nada qué hacer.

            Y más notorio se me hizo al verme despertando en las mañanas mucho más tarde de lo normal. Inicialmente me preocupé hasta que tomé conciencia de lo que pasaba, un efecto sicológico al parecer. Noté que las noches se hacían más silenciosas, más temprano. Antes los sonidos del exterior me llegaban hasta la una de la mañana aproximadamente, de aquellos trasnochadores, de los que llegaban tarde, del ascensor que les conducía a su sitio; pero ahora, el silencio se iniciaba más temprano y no era muy interrumpido, de vez en cuando en la lejanía se oía pasar un carro. Antes, los sonidos se despertaban más temprano, hacia las cinco de la mañana ya se empezaban a notar los ruidos y sonidos propios de los madrugadores, de los que tenían que estar temprano en la oficina o que debían dejar lista la comida. Ahora esos sonidos y ruidos comenzaban su movimiento luego de las ocho de la mañana y así el oído dormido se acostumbró a aguardar a que se hicieran presentes para espabilarse e iniciar el fin del sueño, el preludio del nuevo día, sin afán.

            Y si antes no teníamos tiempo, ahora, en cuarentena, es cuando nos sobra tiempo y lo peor, es que no sabemos en qué gastarlo.

El porqué no se lo digo. Y, es más, ¿sabe una cosa?, no me lo diré ni a mí misma, de esta manera todos estaremos más tranquilos.(3)

Tomado de Facebook.
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[1] nombre femenino. Disminución de la velocidad de una actividad o proceso.
[2] nombre masculino. 1. Número de revoluciones por minuto que debe tener el motor de un automóvil u otro vehículo cuando no está acelerado. 2. En cinematografía, cámara lenta.
[3] Alessandro Baricco. Esta historia.

viernes, 24 de abril de 2020

HÁBITOS


            Estamos definidos como animales de costumbres. De allí que tengamos nuestros hábitos, nuestras mañas y nuestras propias rutinas.

            Y de un día para otro, todo aparentemente se cae de su estantería. Lo que ayer se podía, hoy ya no, ya se impusieron limitaciones con lo que la armadura sufre un gran golpe sin que se deshaga esa estructura construida durante tanto tiempo.

            Ayer salíamos cuando nos tocaba, cuando nos daba la gana. Hoy no se puede salir, o se sale con limitante de sexo o número de cédula, pero ya no se sale cuando nos da la gana.

            De esa manera el cerebro pareciera que hiciera un choque entre la comodidad que traía y lo impuesto y eso nos hace bocones, salen las sátiras, los vainazos, la rebeldía, a pesar de que por un lado es obligatorio el encierro y por otro, que tenemos que acomodarnos a la nueva situación, a lo que llaman resiliencia, si no recuerdo mal la palabreja.

            Y de allí surge precisamente la contradicción cerebral, pero que nos enfrenta de inmediato con el resto. Trataré de explicarme y hablaré por lo que soy, un pensionado que no tiene actividad externa alguna. La mayor parte de mi tiempo la pasaba en la casa, haciendo mis cosas, pero con esta cuarentena, debido al encierro obligado, parece como si me hubieran coartado la decisión y en cierto modo trato de hacer un acto de rebeldía, aunque logré apagar esa rebeldía como es, con tres cachetadas y un obedezca, que es por su bien.

            Y eso me llevó a comprender que los hábitos se pueden romper, a las buenas o a las malas o como a los frailes que les toca porque ya lo tienen muy ajado. Las costumbres cambian, como cambia la vida, es un cambio más llevadero. Y las rutinas se cambian, tal como el aburrimiento lo disponga.

            Y esta perorata me lleva a concluir que todo es cuestión de costumbre, realmente somos animales de costumbre o qué se yo!

«No hagas preguntas y no pienses en el futuro. Para los esclavos sólo cuenta el día de hoy»(1)

Tomado de Google.
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[1] Isabel Allende. La isla bajo el mar.

miércoles, 22 de abril de 2020

TRAGICOMEDIAS DE CORANOVIRUS, CADA UNA EN UN ACTO.



I

            En la costa, si mal no recuerdo, pues no tuve el detalle de anotar la fuente, murió un anciano de ochenta y pico de años, al parecer contagiado de coronavirus. De los primeros casos presentados.

            Entrevistaron a un hijo quien mencionó que su anciano padre no salía de la casa, que sólo él lo visitaba (no especificó si como acto humanitario, porque se había quedado sin alimentos o porque que necesitaba de la plata de la pensión o, en otras palabras, que hacía un acto humanitario para sacarle la pensión).

            Y agregó –si no me lo estoy inventando- que demandaría al estado por ese contagio.


II

            Otro. En la costa, en cualquier pueblo de la costa, donde todo es posible, estando en cuarentena oficialmente decretada, cien personas acudieron a un entierro, porque el muerto era muy bueno –no he conocido muerto malo, agrego- y argumentaban que daba cosa no acompañarlo en la despedida final.


III

            En Bosa o en Usme? En plena cuarentena hubo una manifestación (de veinte pelagatos según la imagen que vi), reunidos, cogidos de la mano, sin tapaboca, gritando arengas del viejo estilo de que el pueblo unido, jamás será vencido! La queja era porque no les habían repartido las ayudas populares. Siempre he pensado que lo regalado sale caro. Bastaba con echarles el ejército y santo remedio, me dije. Y noticia que en Riohacha se presentó el primer muerto y la foto que acompaña la noticia es de todo el pueblo reunido al parecer en la plaza principal (edición del 20 de abril), por si quieren corroborarlo. La víctima no había salido de la ciudad, por lo que su caso sugiere probable circulación viral. Lo que encendió las alarmas de los riohacheros, causando gran revuelo y temor, toda vez que la ciudadanía no ha cumplido a cabalidad con el aislamiento obligatorio preventivo.

IV

            Transcribo la noticia de Publímetro –para que no se diga que es producto de mi mala leche-. Por irse de fiesta al apartamento de un empresario, desde la alcaldía les han pedido la renuncia. Funcionarias de la alcaldía usaron permiso de cuarentena para irse de fiesta. El caso de unas funcionarias de la alcaldía que usaron el permiso con el que pueden movilizarse en cuarentena, para ir de fiesta, está generando indignación. El hecho se presentó en Villavicencio, allí las funcionarias se fueron de parranda al apartamento del empresario del empresario llanero Mauricio López, según informó La FM. La fiesta se realizó hasta altas horas de la noche del sábado 18 de abril, en un exclusivo sector de la ciudad. Al alcalde le tocó pedirles la renuncia, pero creo que fue porque a él no lo invitaron.

V

            Si bien ocurrió en España, aquí se ha presentado en otras formas igualmente indignas. A una médica algún vecino gracioso le pintó el carro con esta leyenda: RATA CONTGIOSA, así en mayúsculas y clarito, el carro blanco y la pintura negra. Creo que adicionalmente le pinchó las llantas. A ese antisocial lo hubiera mandado fusilar. Y ese trato indigno se ha visto en todo el país, Colombia o como nos llama nuestro ilustre presidente: Polombia. “Aquí la gente solo quiere saber si es positivo para agredirlo y arremeter contra ellos, cualquiera de nosotros podemos estar en esta posición. Yo le digo a la ciudadanía que sea tolerante, por el contrario debemos acompañar las familias y apoyarlos en oración, son seres humanos igual que nosotros, merecen respeto y nuestra protección”, indicó la Secretaria de Salud de Riohacha. Y este otro titular: Por amenazas, niño que tiene covid-19 en Nariño fue desterrado. Denuncian que el menor, oriundo del municipio de Cumbitara, recibió panfleto por estar contagiado.


VI

            Y qué decir de la feria de la contratación amañada, aprovechando la cuarentena. Desde los sobrecostos en los mercados y el contrato de fiestas pueblerinas, dan muestras de la corrupción de nuestros gobernantes. Y por curiosidad entré a El Tiempo y me encontré con estas dos perlas:

-          Atún con sabor a cartón dieron a habitantes de Malambo en cuarentena “La marca es poco conocida pero es algo poco importante. El tema es que sabía a cartón”, comentó Alfredo Orozco, residente de la zona y afectado por falta de ingresos en medio de la pandemia del coronavirus.

-          Otro hecho se registró la semana anterior en Soledad, cuando se entregaron fríjoles vencidos.


            Ni qué decir de la señora que en Antioquia pagó a una ambulancia para que la llevaran a otro pueblo, al menos el pasaje le costó cuatro millones!
            En Cali falsificando las cédulas para evadir la cuarentena, dice el titular. Y todas éstas son noticias de una sola edición, del Tiempo, para más señas.

EPÍLOGO

            Esta humanidad no tiene remedio, a pesar de que haya personas buenas, pero me toca repetir lo que dijo Bolívar: Esto es un caos: no se puede hacer nada de bueno porque los hombres buenos han desaparecido y los malos se han multiplicado.

            Me reservo mi mala leche, las emputadas que he pasado viendo al prójimo, sabiendo que todo seguirá igual y que una vez pase la cuarentena, aquí no ha pasado nada, que la miseria humana definitivamente no tiene epílogo, porque historias de la misma índole y peores, se siguen leyendo en las noticias diarias.

Tomado de Google
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lunes, 20 de abril de 2020

IMPRESIONES DE CUARENTENA Y DE CUARESMA


            Ante esta cuarentena, tratándola de ver desde lo lejos, he estado echando globos ante mi ignorancia en tales temas y he llegado a las siguientes conclusiones (pueden con tranquilidad tildarme de ignorante, culipronto, apriorista):

1)        Nos cogió a toda la humanidad con los calzones abajo.
2)          La improvisación de los gobiernos, a pesar de todos los protocolos que tenían, demuestran la incapacidad para afrontarlos y de allí todas las malas decisiones tomadas.  Se incluye a la sacrosanta OMS que igualmente lo demostró.
3)      La ignorancia de quienes deben tomar decisiones quedó patente, como patente fue la incompetencia demostrada. Pareciera que las decisiones más que de salubridad fueron tomadas por razones políticas (el qué dirá el pueblo si les digo la verdad, por ejemplo. O cómo quedará mi imagen, pensando en Duque). Corolario, nos gobiernan personas sin pantalones ni cojones, salvo contadas excepciones, que sin cojones demostró tener más, como nuestra alcaldesa.
4)     La desinformación ha sido la reina. Cada cual opina, todos opinan, nadie opina, todos meten miedo. Solo ha quedado el sinsabor de quién puede tener la razón, si al parecer nadie la tiene, dando apariencia de que todos la tienen.
5)    Corolario de lo anterior, no creerle a nadie, por más phds que tengan, doctorados o másteres, pues entre más pedigrí demuestren, pareciera que mayor es la mentira entretejida. Y corolario del corolario, por salud mental no leer ningún mensaje de esos, nos desorientan, nos meten miedo.
6)     La gente, da vergüenza decirlo, pero solo con muerto de por medio coge escarmiento.
7)      El eufemismo nos encanta para no afrontar consecuencias ni responsabilidades.
8)   Juramos que en el futuro nos volveremos mejores. Pura m… otro eufemismo para mentirnos que somos buenos.

            Y no sigo porque nunca termino, más bien lo dejo acá para que en sus intimidades piensen en los que faltaron. Sinceramente me avergüenzo de esta humanidad, de sus dirigentes y de sus electores.

Colombia es una mezcla interminable entre la tragedia y el humor. Daniel Samper Ospina


Tomado de Facebook.
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viernes, 17 de abril de 2020

¡AY! CÓMO ES CRUEL LA INCERTIDUMBRE…


            Nadie está exento de nada ni por nada. No somos eternos en esta vida aunque creamos lo contrario. Ojalá fuera así.

            Esta pandemia parece una lotería regalada, nos tocó jugarla sin querer. Estamos ante el 50% de que nos contagiemos, diría el pesimista, o el 50% de que no pase, dirá un optimista. Pero es una ruleta rusa lo que nos tocó –dirá el realista-, al contrario del Baloto, en que aunque tengamos igualdad de posibilidad, nos toca comprarlo. En la pandemia aspiramos a no ganar, a no contagiarse, mientras que en el Baloto ponemos todas nuestras esperanzas en lo contrario. Todo depende como se mira.

            El cuento venía a que cuál sería la reacción de uno si se llegara a contagiar –existiendo la posibilidad, en todo caso-. Pasaría uno por todas las etapas del duelo? De la negación a la aceptación? Difícil saberlo, solo se puede pontificar desde la distancia, en la sanidad.

            Y la cosa puede agravarse si el contagio es grave y si se está entre las decisiones médicas graves, de esas que dicen practican los médicos militares, en que deben decidir por uno si merece que sus esfuerzos de revivir valen o no la pena o hay alguien con mejor derecho.

            Ya se hace doble el esfuerzo para pensar si debe hacerse otro duelo, también de la negación a la aceptación.

            Aunque no sería raro –ah! vanidad de vanidades!- que tanto paciente como deudos comiencen el pobreteo en las redes sociales y las inútiles cadenas de rezos, porque si no sirvieron los esfuerzos médicos qué va a servir una oración encadenada? Pues si funcionaran, no habría habido ni muertos ni pandemia, pues las redes sociales lo habrían solucionado. (Perdonarán el sarcasmo, pero, como ven, no me aguanté).

            Solo pensaba desde la distancia, sin saber si algún duelo tenga que hacerlo yo.

Se requieren muchos años y muchos sufrimientos para comprender el milagro de la vida.(1)

Tomada de Facebook.


(1) Colleen McCullough. El Caballo de César. El título del Blog corresponde a la canción.