viernes, 22 de mayo de 2020

UN CUENTO CHINO



            Fue hace como veinte años, ya no lo recuerdo bien, aunque el recuerdo aún siendo borroso es recuerdo, así falsee parte de la historia.

            En el mundo nunca se había presentado algo semejante. Hablo en el mundo mío, porque pandemias las hubo, la llamada gripa española que duró dos años -1918-1920-, según averigüé en el internet de mi época. Mató a cerca de cincuenta millones de personas en todo el mundo. No me tocó, a mis padres al parecer tampoco. Por eso solo la cito como referencia. Antes, guardadas proporciones del poco avance tecnológico, estaba la peste negra, la viruela, pero de épocas bien pretéritas, que si bien sucedieron ya quedaron en el olvido, como todo lo malo después de que pasa. Hubo otra, pero que nunca fue declarada como pandemia, debido a que el contagio solo era de intercambios sexuales, la del sida, pues tuvo más de treinta y cinco de millones infectados y ni idea de cuántos muertos, como que se cansaron de contarlos.

            Quién se iba a imaginar que a comienzos del siglo XXI, cuando los avances, en toda materia, eran tan adelantados; cuando ya se podían hacer cirugías desde la distancia, se hablaba de medicina no invasiva que lograba entrar al cuerpo humano sin dejar si quiera rastros, se había rastreado el genoma humano, la microcirugía era posible. Y todo lo dicho sólo en el campo de la salud.

            Eso me lleva a recordar que en análisis de riesgos, de mi época, no se podía prever, para no recaer en el pesimismo más absoluto y no ser mal mirado, evaluar el eventual cierre de la entidad. Hoy, creo que como cuatro en las que trabajé desaparecieron hace mucho. En esa medida recuerdo que cuando hacía uno preguntas sobre posibilidades de ocurrencia del hecho generador –como se llamaba-, la respuesta era que sería imposible que ocurriera, como cuando uno señalaba la posibilidad de que, por cualquier razón, los satélites se apagaran, o que hubiera cortes de luz por demasiado tiempo o que, ya entrados los años de los computadores, un virus atacara a todo un país, por no decir al mundo. Eran preguntas que se consideraban desobligantes e imposibles de ocurrencia. Por eso nunca se tenían planes –protocolos lo llaman ahora- para tales eventualidades y teniéndolos, estaban archivados en el cuarto del olvido.

            Y por allá en los años veintes de este siglo ocurrió lo que era un imposible que pudiera acontecer. Una virus apareció en la China, pero como quedaba bien lejos, nadie le paró bolas. Hasta que creció, pero gobiernos y OMS dijeron que eran puros cuentos chinos, que no había motivo para el pánico. Nadie se atrevía a hablar de pandemia, no sé si por miedo o porque conocían a los seres humanos.

            Se fue extendiendo, poco a poco, pero ya más de uno empezó a preocuparse, pero lo curioso es que nadie lo veía como que pudiera afectar a toda la humanidad, de cualquier manera. Todos confiados en la ciencia, tan adelantada, muchos decían que ya no estábamos en la edad media o a principios del siglo XX, donde todo podía pasar, por el atraso que tenía la humanidad, pero en el 2020? Hasta hubo muchos gobernantes que se burlaron de la situación, aunque con el tiempo les tocó comerse sus propias palabras, lástima que el virus no los atacó, aunque de todos modos le hubiera sucedido cualquier otro inepto. Tanto que el presidente gringo de esa época, un loco llamado Trumph dijo que eso se curaba inyectándose con blanqueador a base de cloro y muchos se lo creyeron, hubo como cien intoxicados, para que vean la clase de dirigentes que teníamos y la mano de estúpidos que les creían.

            Y comiéndose sus propias palabras y las de los genios que los asesoraban, les tocó ir viendo que el enano se crecía y que a las buenas o a las malas les tocaba tomar medidas. Demostraron su propia ineptitud en la medida de su propia indecisión.

            Y dada la estupidez de los gobernados, la cuarentena (que significaba en sus inicios cuarenta días encerrados) era de diez días, pero viendo lo incontrolada que era y para evitar el qué dirán, la decretaban de a poquitos, desconociendo que cuarentena era cuarenta, inicialmente. El principio de todo gobernante es el uso del eufemismo, así dicen, pero no dicen y quedan medianamente blindados a habladurías, a investigaciones.

            Y pasaban los días y curiosamente todos se acostumbraban, naturalmente estaban los vivos que se pasaban por la faja las restricciones, los que pensaban en largas vacaciones -para darse ánimos-, los que de mala gana, sin dejar de refunfuñar, las atendían. Hubo de todo.

            Y el común denominador de los gobiernos: la improvisación, ni siquiera se aprendía de los errores que otros cometían, porque todo estaba sujeto a interpretaciones, no las más científicas pero sí las más a conveniencia, de ellos.

            Y pasó y los años también y como toda historia, especialmente la contada por los viejos, hizo que los hechos se evaporaran y todas las promesas que hicieran los confinados se olvidaran, aún a sabiendas de que la historia podía repetirse, pues la estupidez tanto de gobernantes como de gobernados seguía siendo la misma, como en los inicios de la humanidad pensante.

            Y hoy, cuando echo el cuento de lo que aconteció en tan pretéritos años, mis oyentes siguen pensando que todo fue un cuento chino, como cuando en mi juventud le contaba a los jóvenes de su momento, que viví cuando para bajarse del bus era necesario anunciar la parada jalando una pita que conectaba la puerta trasera con un timbre en la parte delantera del bus y también pensaban que todo era un cuento chino de mi imaginación.

… pero no duraban mucho. Del mismo modo que ninguna vida duraba mucho. Sólo los dioses vivían eternamente, e incluso ellos podían ser olvidados.(1)


Tomado de Facebook.
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(1) Colleen McCullough. El Caballo de César.

lunes, 18 de mayo de 2020

YA VAMOS PARA CINCUENTENA?


            Cómo pasa el tiempo y ya el tiempo se evapora a mi vista, no sé si es martes o domingo, lunes o jueves, si es abril o junio, da lo mismo, porque ahora todo da lo mismo a pesar de que no es lo mismo.

            Con todo he llegado a mis conclusiones luego de este largo encierro, que aún parece que perdurará por unos meses más.

            He leído y oído tantas opiniones, tantas versiones, que ya decidí no creerle a nadie, por muchos títulos y pedigrís tenga quien los diga, parecieran que todos son abogados, todos opinan con o sin razón, todos la tienen, ninguno la tiene. Tanto que es difícil comparar NY con Pitalito, con Suecia que tiene no sé cuantos kilómetros cuadrados por habitante que comparativamente con NY o Hong Kong no son comparables, ni con ciudad de Méjico ni Bogotá.

            Otro factor es la ignorancia e improvisación de quienes nos gobiernan, demostraron incompetencia para gobernar mientras otros aprovecharon para hacer negocio.

            Y el otro factor adicional, la gente. Una ignorante y otra que se las da de avispados, porque para eso sí no hay prójimo. Predeciblemente impredecible.

            Con todos estos elementos hay un caldo de cultivo interesante para la anarquía.

            La solución? Ninguna o un buen dictador ilustrado, que no lo hay en este mundo, pues tanto Putin como Trumph son lo uno pero les falta lo otro. Es decir, solución colectiva no la hay.

            Aunque puede haberla en cuanto hubiera conciencia de la responsabilidad de uno mismo, de tomar al menos las más mínimas medidas de protección, para no contagiarse, para no contagiar. Tener distancia social. No salir por salir, aunque a mi edad necesito de la vitamina D del sol, por salud y para ver el cielo, por salud mental. Salidas cortas y lejos de la plebe. Uno no soluciona el mundo, pero al menos razonablemente soluciona su mundo, que en últimas es lo importante.

            Y superar el miedo. Que si tenemos que ir al médico rutinariamente, pues vamos; que si nos toca ir a un lugar obligatoriamente, pues vamos, con las medidas de prevención necesarias. Que nos podemos contagiar? Sí, pero aún estando en la casa podemos contagiarnos, al tocar cualquier bobada no prevista. El peligro está a la vuelta de la esquina, nadie está exento y por ello todo se reduce a la precaución y no al miedo. Hemos de morir, todos lo sabemos, pero no sabemos cuándo ni cómo, y mientras llega sigamos viviendo saludablemente, sin temor y con una sonrisa. Con eso basta.

Admito que la frasecita sobre los sueños no está nada mal, pero frases como ésa sólo son verdaderas en los libros: en la vida, son falsas. La vida es endemoniadamente más complicada, créame.(1)

Tomado de Google. ER-1tnXW4AAMyZi


[1] Alessandro Baricco. Esta historia.

viernes, 15 de mayo de 2020

PAPAYASOS


            En un país en donde todos se sienten abogados y en donde los abogados están para ser intérpretes autorizados de la ley –o al menos ellos se lo creen-, sigo sin entender las medidas tomadas por los gobiernos, especialmente de los gobernados por ineptos, como el que nos tocó, por mayoría.

            No me cabe en la cabeza la prohibición de salir, como regla general, que tenga tantas excepciones, como el estatuto tributario. Por curiosidad me puse a leer el listado de excepciones, en un país en donde las excepciones son la regla general, por lo general.

            El titular del periódico (1) dice: ¡Ojo! Solo en estos casos puede salir de casa hasta el 25 de mayo y son 46 excepciones. -Inicialmente nótese la palabra Solo, ya que dice mucho, para el buen entendedor-. Naturalmente las menciona sin precisiones, ni mayores definiciones, por  lo que un elefante se puede colar por cualquiera de ellas. Basta con una, dado el ingenio de cuya fama gozamos los colombianos, que dice que se puede salir en caso de fuerza mayor o caso fortuito. Por ese hueco cabe todo y vale todo. Hasta el viejo argumento de que es para mi abuelita. Es decir, ya todo el mundo puede salir, menor los viejitos mayores de 70 y los menores de 6 años, salvo en caso de fuerza mayor o caso fortuito, me digo con ironía, solo en estos casos...

            Y luego otro titular (2): Cómo evitar el contagio al usar transporte público. Cuyo titular dice mucho pero cuyo contenido no dice mayor cosa (como el titular del mismo periódico que dice: El barco que hizo fiesta sexual y contagió de covid-19 a San Andrés (3), que en ningún lugar habla de la fiesta sexual, que era el morbo que lleva al lector a leerlo, como en mi caso). Decía sobre el primer titular, cómo evitar el contagio y trae un diagrama moderno (scribb) del que uno solo puede concluir que cuando llegue al destino lávese las manos, pero no dice en concreto cómo evitarlo. Así semos, me digo, pues así descubrieron que el agua moja. Entre paréntesis, desde la cuarentena he visto que muchos artículos de prensa dicen una cosa y el contenido es otro, no sé si es solo apreciación mía, pero parece que todos los actuales periodistas y periódicos y noticieros se volvieron amarillistas y de allí que cada día al periodismo lo tenga catalogado de una ralea de la peor familia. Lástima que los grandes periodistas ya se murieron o están pensionados. Cierro paréntesis, con todo y mi mala leche.

            Eso me lleva al último punto. Otro artículo que dice: ‘No importa lo que hagamos, todos nos contagiaremos’: epidemiólogo. Esas fueron las palabras del sueco Johan Giesecke, quien criticó medidas como la cuarentena< (4). Parece que puede tener razón y agrega: Giesecke afirma que los políticos deben mostrar fortaleza y acción y es por esta razón que han tomado medidas tan estrictas, sin embargo, manifiesta,  lo único comprobado científicamente que funciona es lavarse mucho las manos y mantener una distancia social adecuada. La estrategia que se debe llevar a cabo, según el experto, consiste en dejar que la gente joven este afuera y se mezcle, mientras que los mayores de 50 o 60 años y con condiciones médicas preexistentes se deben queden dentro de sus casas. Esto debido a que “se necesita generar la llamada 'inmunidad de rebaño' (…) Así se puede obtener bastante rápido la inmunidad en el país”. Y creo que no le falta razón, de todos modos todos debemos morir, pensamiento que se me atraviesa mientras me organizo mentalmente.

 

            Pues sí, la posibilidad de contagio es enorme (puede estar en la moneda que recibimos, en la bolsa que nos dan o en la puerta que nos toca abrir), como grande es la posibilidad de que estemos contagiados sin saberlo y sin poderlo corroborar (hasta que nos hagan la autopsia, dirá alguien, con razón), como también es posible que seamos los portadores que estemos contagiando, sin saberlo, pero que estemos haciendo un favor a la humanidad siendo parte del rebaño que inmuniza!

 

He observado que cuando las personas se tienen simpatía son incapaces de actuar como debieran. Por ejemplo, posponen decirse cuatro verdades por miedo, al parecer, a que éstas causen heridas. El amor y el odio permiten decirse las cuatro verdades.(5)

miércoles, 13 de mayo de 2020

SI PUDIÉRAMOS ESCOGER


            Si pudiéramos escoger, no lo dudaríamos, las pruebas del coronavirus serían para nosotros; las ayudas, para nosotros; los permisos de salida, para nosotros; los primeros que pudieran salir libremente, seríamos nosotros, sin duda alguna.

            No lo dudaríamos, lo tenemos grabados en nuestro ADN, en que siempre somos nosotros los primeros, pero eso sí, si nos conviene.

            Si no nos conviene nunca seremos los primeros, seremos los segundones o los últimos, mejor.

            Ese es el pensamiento que tenemos cuando nos hemos de enfrentar a la colectividad, al conglomerado, al prójimo y naturalmente cuando se trata de ellos o de nosotros. Porque si el pensamiento de ellos se acomoda al nuestro, como buen rebaño, allí estaremos, ya que no podemos estar solo nosotros.

            Tal vez por eso nos ha cogido tan mal el coronavirus, porque lo primero hemos de ser nosotros –sin eufemismo así debe ser-, pero cuando la desgracia es colectiva, pensando en nosotros debemos pensar en los ellos, en los otros, pues si los otros caen, las posibilidades de que caigamos nosotros son grandes.

            En estas circunstancias todos deberíamos pensar igual. Primero nosotros, es decir, que todos tuvieran la misma conciencia de que si cada cual, pensando como el nosotros, actuara bajo la misma premisa, las cosas podrían ser diferentes. Pero la realidad es otra, el podríamos se conjuga desde el punto de vista del verbo podrir, no del poder –como verbo, no como sustantivo-. Hay tanto inadaptado, hay tanto inepto que en vez de poder pensar en cómo no contagiarme, piensa que el problema es de los demás, pues ahí sí el nosotros es personal; el problema, de los demás.

            Si pudiera elegir, otro gallo cantaría. Obvio.

La memoria es flaca cuando no interesa recordar lo que no se desea.(1)


Tomado de Google.
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[1] Corral, José Luis & Pinero Sáenz, Antonio - El trono maldito.

lunes, 11 de mayo de 2020

INQUIETUDES


            Hay noticias que lo dejan a uno pensando. Leí que el cuarenta por ciento de los muertos murieron sin saber que el culpable era el coronavirus, sólo lo supieron cuando les hicieron la autopsia.

            Para hacerse la prueba particularmente cuesta doscientos cincuenta mil pesos en Bogotá, se demora dos días y no hay seguridad de que se tenga o no, pues hay que repetirla –según he deducido-. Y el titular de prensa dice: Conozca dónde y cómo puede hacerse la prueba del covid-19 en su ciudad(1). Eso dice el titular, pero el noventa por ciento del artículo es blablablá y termina mencionando un solo laboratorio que lo hace en Bogotá.

            Lo que me queda claro es que a quienes están en la rosca se la pueden hacer todos los días o preguntemos en la Presidencia, para salir de la duda de qué tan cierta es la afirmación. O hagan el intento y pregunten en las líneas habilitadas si pueden hacerle la prueba y me cuentan.

            Conocí de primera mano, por tanto no es chisme, de alguien de tercera edad que llamó por una fiebre alta, producida por una enfermedad que tiene de hace varios años, es decir con sintomatología bien conocida, no por coronavirus. Llegó una ambulancia con, al parecer, todo el protocolo del virus. No le tomaron signos vitales, no escucharon sintomatología, no preguntaron por enfermedades anteriores, simplemente para la camilla y nos vamos. A dónde? A Chía. Por qué allá? A dónde de Chía? Sin respuesta por parte de los responsables. Sin acompañante, se va. Agregaron. Pero por qué no le hacen la prueba del virus? Sin respuesta. Al menos precisen a dónde lo llevan. Más mutismo. Nos lo llevamos y punto. La familia no permitió su salida ante tanta vaguedad. Creo que hizo bien. Acaso Bogotá no tiene la capacidad instalada suficiente? Dicen que solo se ha ocupado el treinta y pico por ciento, por qué a Chía? A la ambulancia le pagan más si lo llevan allá? Me pregunto yo. Acaso pagan más si se trata de traslado por virus? Me sigo preguntando. Lo mínimo que debían decir era al sitio exacto a dónde lo llevarían? Siendo un anciano enfermo no debería tener un acompañante, por lo menos para firmar papeles? Una atención bastante dudosa, por decisiones de unos camilleros? O los llevan a Chía para que allí mueran y luego de la autopsia confirmar si fue o no por el virus? En este país de desconfiados es mejor desconfiar, uno nunca sabe. Efectivamente la fiebre no era de coronavirus sino de la enfermedad padecida, aunque tampoco le hicieron la prueba.

            Lo que me llama la atención es que en el gobierno ya tienen todos los protocolos, para todo; tienen previsto, al parecer, todo. Pero por los comentarios que uno escucha pareciera que la realidad es otra, en la práctica los protocolos son solo documentos, que en el papel aguanta todo, siempre ha sido así. Para ellos las pruebas contra el virus están a su alcance, -y esos no es ni siquiera el uno por ciento del total de población-, mientras que para el resto, a pesar de la ciencia, échese la bendición y cómase unos cuantos rosarios, no hay de otra.

            Y cuando todo pase, al menos yo, si no me he muerto, nunca sabré si tuve el virus, si soy o fui portador, ni menos aquellos que me rodean; solo sabré, a título de historia, que fui parte de un coronavirus catalogado como pandemia, pero del que nunca supe la verdad de qué, cómo, ni cuándo, pues fueron muchos los cuentos que oí, muchos chismes que compartí, muchas verdades dichas a medias, falsedades que pasaron por verdades y una sonrisa maliciosa que me permitirá pontificar dentro de algunos años, si no he muerto antes.

No daba consejos, porque según su experiencia era una pérdida de tiempo, cada uno comete sus propios errores y aprende de ellos(2). O no aprende, agrego yo.

Tomado de Facebook.
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(2) Isabel Allende. La isla bajo el mar.

viernes, 8 de mayo de 2020

UNA REFLEXIÓN


            Ante esta cuarentena me preguntaba sobre la posibilidad de morir por razón del coronavirus.

            Pensaba que a pesar de todos los cuidados que uno puede tener, cumpliendo todos los protocolos establecidos, una moneda recibida como vueltas de una compra puede ser la causante de contagio. O un roce imprevisto o el tomar un paquete o cualquier producto de un supermercado que esté contagiado o la puerta de acceso, cualquier cosa puede dar lugar al contagio, recordando que al que le van a dar le guardan y al que está destinado, ni cambiar la ruta a Samarkanda (1) lo salva.

            Pensaba que este sería uno de los pocos casos a los que el hombre se enfrenta y sabe, en estado avanzado, que no tiene escapatoria y que su final está muy próximo. Pensaba en reacciones –de negación a aceptación, cumplidos todos los pasos de ese luto-, para concluir que como cada persona es un mundo diferente, las formas de asumirlo serían muy variadas, que por el momento no vienen a cuento.

            Pensaba en el miedo que debe generar esa situación, por más negación que uno pueda hacerse, y en todos los pensamientos que se alborotarían, haciendo más angustioso el momento final.

            Y curiosamente estaba terminando de leer una novela (2), que resumió la reflexión con la que inicié:

Decidido. No debe tener miedo al final. Pero ha de prepararse para el viaje definitivo, e Hipódamo recuerda entonces a los filósofos epicúreos, a los que tanto admira: «La muerte no es nada, nada. Un temor fatuo e inconsciente propio de niños. La muerte nos priva de todos los sentidos, luego no la sentimos. Entonces, ¿por qué temerla? Si estoy vivo, la muerte no existe, y cuando muera, seré yo el que ya no exista. Por tanto, no hay razón para el miedo. Morir no es sino la culminación de la vida, y debe ser un acto digno y glorioso».
Nacer, vivir, morir… Su mente no permanece tranquila ni un instante. ¿Qué es la vida, qué es la muerte? ¿De dónde venimos, adónde vamos? En Hipódamo todo son recelos, sentimientos encontrados, contradicciones insuperables…, y reflexiona profundamente siguiendo a sus maestros filósofos: «La vida sólo es una agitación. Nacemos como inermes criaturas arrojadas a un mar proceloso; vivimos sumidos en una constante zozobra, ansiando alcanzar un imposible; y morimos sin dejar otra cosa que una estela en el aire que el viento disipará, un surco en la arena que la lluvia borrará o una onda en el agua que desharán las olas. Quizá ése sea nuestro destino: o bien desaparecer para siempre o regresar de nuevo a los orígenes de todo, a un nuevo principio, a otro comienzo, a la razón universal».

Lo mismo da morir en el barro que sobre suelo seco, y la sensación que cada uno puede experimentar ante la proximidad de la muerte es algo personal y reservado, íntimo, que no afecta a nadie más que a él. A menos, claro está, que esa sensación se exteriorice, lo que empieza ya a lindar con la cobardía…(3)

Tomado de Facebook.

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[2] Corral, José Luis y Pinero Sáenz, Antonio - El trono maldito.  
[3] Arturo Pérez-Revert. El Húsar.



miércoles, 6 de mayo de 2020

IMPULSO


            Ante cada desgracia colectiva surgen a veces voces honestas con deseo de hacer mejor este mundo. Son impulsos que a veces surgen, como dije, y generalmente detrás de una desgracia colectiva aparecen quienes hacen algo, al contrario de personas como yo, que no hacemos nada, he de confesarlo, no tengo ni una pizca de alma de héroe ni de poeta.

            Y si ese impulso coge fuerza, se suman aquellos que buscan sacar su tajada de la desgracia humana y que abusivamente se apropian de los mejores esfuerzos de los demás, toda esa miseria humana que abundan en nuestras calles, entre políticos, gente frustrada, gente amargada. Al menos esos deberían hacer como uno, que no hacen nada, pero que tampoco entorpecen, dejan que hagan los que realmente son buenos de corazón.

            Como sea, en manos de buenos o malos, esos impulsos se van desvaneciendo con el tiempo, se evaporan las palabras y en la nebulosa quedan los resultados. No se trata de desalentar a los pocos buenos que pueden quedar, son reflexiones a propósito de los recuerdos. Fue un mero impulso en que me hizo escribir.

«No hay nada más peligroso que alguien que quiera hacer del mundo un lugar mejor». BANKSY (1).


Tomado de Facebook.
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[1] Citado por Matilde Asensi. Sakura.

lunes, 4 de mayo de 2020

IMPERCEPTIBLES


            Hay cosas que por ser imperceptibles han pasado desapercibidas. Cosas, hechos, actos, sucesos que por cuenta de la cuarentena vienen sucediendo pero que no son notorias, salvo cuando se expresan.

            Un ejemplo, el polvo que era tan constante en nuestras casas ha disminuido –literal y alegóricamente-. La construcción está quieta, la movilidad vehicular bajo y supongo que esos sean los factores de que ya no haya tanta necesidad de estar limpiando el polvo.

            Supongo que por las mismas razones los cielos, cuando no nublados, están más azules, con menos bruma, más limpios, para ver y para respirar.

            Y otros más imperceptibles, ya a nivel personal. Nuestros movimientos se hicieron más lentos, más pausados, más perezosos. Falta de la actividad del movimiento? Nos hace falta el corre corre? El movimiento rápido?

            La visión, no solo del mundo ni de nosotros mismos, que de alguna manera nos puso a pensar, aún sin quererlo. Pero me refiero a los ojos. Quienes vivimos rodeados de muros, colindantes, medianeros que impiden ver a más de tres cuadras no se han dado cuenta que para ajustar la vista a larga distancia ha disminuido la visual? Hay que hacer un esfuerzo para volver a acoplar los ojos a esas montañas distantes para poderlas ver como son, montañas de lejanía, perceptibles, bien miradas, como antes.

            El baño, ya se toma el tiempo para dedicarlo a ello, cuando antes era a lo que vinimos fuimos. Ahora se dedica más tiempo, supongo que porque el tiempo hay que matarlo de alguna manera.

            El acto de levantarse, como ya no hay apuro, se implanta en el deseo aquello de media horita más.

            Y así podría seguir mencionando una serie de sucesos y actos que antes eran diferentes y que hoy se encuentran en baja resolución y, lo que resulta crucial, es que parece que no nacimos para estar encerrados.

Nuestra vida es en sí y por sí misma algo de lo que sabemos muy poco.(1)

Tomado de Facebook.
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(1) Philip Roth. Me case con un comunista.

viernes, 1 de mayo de 2020

SIN LUZ NO HAY NADA


            En medio de esta cuarentena, desde donde habito me propuse ver por las ventanas, ver cómo la gente les rehúye, prefieren el anonimato, tal vez tengan ese prurito de ver desde donde no les vean, no quieren una confrontación visual, prefieren la de soslayo, aunque a medida que va pasando la cuarentena, la vergüenza se va distendiendo.

            Ver a quienes empezaron a hacer ejercicios, prefieren su intimidad, cierran cortinas y se dedican a su actividad. Con fisgones no pueden hacerlo, ya lo veo.

            Durante el día se les ve con celular en la mano, con tablet a disposición o con computador en su sitio. Trabajando, desaburriéndose en redes sociales, chismiando, chateando, pero siempre conectados, aún mientras toman un sorbo de agua. Y el día se les va en eso.

            Y cuando el cansancio los vence, se les ve recorriendo todos los rincones de la casa, estirándose, desentumeciéndose, mirando a los vecinos, tal como ellos han sido observados en algún momento. Y ven que con el paso del tiempo es obligatorio ver al vecino no haciendo nada o perdiendo el tiempo en la red, esa que nos agobia pero que nos enreda y nos envicia.

            Y un día, no hace mucho, se fue la luz. Se fue la luz en todo el conjunto y al parecer en toda la manzana, según estruendo que se oyó a lo lejos y que dejó todo sumido en silencio; que apagó todas las luces que se veían encendidas, a pesar de ser medio día; que apagó las músicas que en diferentes volúmenes se hacían presentes.

            Y todo enmudeció, más que antes.

            Y las ventanas se empezaron a poblar, por mirones que no entendían qué pasaba. Por aquellos que antes se escondían ahora sin rubor aparecían en la ventana mirándose mutuamente, como dándose el pésame, al compartir una pena que no era posible, pero que había ocurrido.

            Casi todas las caras reflejaban la misma pregunta, pero que nadie se quería formular, porque podía ser el advenimiento del acabose y nadie podía preverlo: No hay luz y ahora qué hacemos?

            Así como nadie pudo prever esta cuarentena. Pero sucedió.

El dios (…) parece contemplar, dormitando o impasible, el sacrificio de sus fieles; sus ángeles permanecen inactivos en las alturas.(1)

Foto JHB (D.R.A.)


(1) José Luis Corral y Antonio Piñero. El trono maldito.

miércoles, 29 de abril de 2020

EN ZAPATOS AJENOS



            Difícil ponerse los zapatos de otro y pararse con ellos a ver la vida, porque no es la de uno, la que uno conoce, la que uno soporta y además porque también es cierto que los zapatos de uno son los únicos que le calzan a la medida, a pesar de callos y juanetes o a pesar de ellos o por ellos.

            Difícil pretender ver la vida con otros ojos, diferentes a los de uno mismo, porque cada uno tiene su propia mirada, muy diferente a la ajena, lo que le impide ver las limitaciones o las bondades de la otra.

            En estas cuarentenas difícil, para un pensionado que tiene asegurada su entrada mensual, ponerse en la situación ajena de quienes viven de lo que producen diariamente, como el que vende el tinto, el del puesto de dulces, el de la miscelánea, el embolador, el que, por lo general, se para en la esquina a vender cualquier producto. No pueden vender pero tienen gastos, así sean mínimos, vistos desde la perspectiva de uno, altos, desde el punto de vista de ellos. Deudas que se acumularán.

            También ponerse en el puesto de aquellos que decidieron ser independientes con un nivel de vida mayor, que dependen de los negocios que hagan y que, de todos modos, por cuarentena vieron cómo la vida daba un vuelco imprevisto, por ellos mismos, por sus subordinados, si los tienen. Y ver, a pesar de las promesas y juramentos gubernamentales del acceso al crédito –que tendrían que pagar de alguna manera-, ven cómo cierran los bancos sus esperanzas. Deudas que se acumularán con la posibilidad de llegar a la quiebra, al cierre de su negocio.

            Difícil ponerse en los zapatos ajenos, me repito.

            Pero lo que pareciendo difícil resultó más sencillo, es ponerse los zapatos de los de tercera edad que abundan, como yo, entre las ventanas. Vivir la vida de aquellos que ya retirados, teniendo o no un futuro, me obligó de cualquier manera padecerlo. La cuarentena me dejó ver cómo es la vida de aquellos que solo están a la espera de su propio futuro, que no es otro que lo que nos espera a todos (nótese el eufemismo usado para no decir lo que debió decirse de entrada).

            Siempre me había parecido deprimente, desde mi punto de vista, estar retirado sin ninguna actividad diaria qué hacer. Pasear por su casa de rincón en rincón, de espacio en espacio, sin hacer mayor cosa que estar pendiente de lo que sucede más allá de sus ventanas, vistas desde esas eternas ventanas, pensando en los recuerdos, supongo, añorando el porvenir, me imagino (otro eufemismo bien usado).

            Y esa es la inactividad que he visto, no ya de retirados sino de gente común y corriente, obligados por la cuarentena, que no saben qué hacer para agotar el minuto diario y no caer en bruces del aburrimiento.

            Y ahí si nos pusimos los zapatos ajenos, esperando lo que no llega, en eterno aburrimiento, pues hasta las redes sociales terminan cansando y aburriendo.

            Con esa mirada, espero no terminar en zapato ajeno, prefiero tener los míos, con mi propia rutina, pero sin aburrimiento, ni esperar estar todo el día atento a una ventana para ver cómo se acerca el fin, sin haber hecho nada.

El ciclo de su vida, cuanto tenía que esperar del mundo, ya se había consumado. Y el joven Frederic, en su infantil intuición, supo comprender que su abuelo dejaba de luchar por la vida, pues nada esperaba ya de ella; salía al encuentro de la muerte con la pasividad y el abandono del hombre que había ya franqueado el muro al otro lado del cual se quedan la vitalidad y las ansias de luchar por la existencia. Y contemplando, no sin temor reverencial, desde el umbral de la alcoba la figura inmóvil de su abuelo, Frederic Glüntz se preguntó entonces fugazmente si no estaría en ella y en lo que representaba el principio de la máxima sabiduría.(1)

Foto JHB (D.R.A.)


(1) Arturo Pérez-Revert. El Húsar.